Angelines

Otro trabajo del Taller de Escritura del CBA. En este caso teníamos que describir a un personaje, pero no a uno conocido, sino alguien inventado o que hubiéramos visto por primera vez en la calle. Tirando de humor y de los tópicos sobre bibliotecarias, describí a Angelines.

 

Angelines me mira por encima de sus gafas progresivas, que seguramente están mal graduadas, porque de lo contrario no tiene explicación que las lleve siempre apoyadas en la punta de la nariz. Frunce el ceño en un gesto calculado cuando dejo el libro para devolver encima del mostrador. Ese simple gesto hace que me tiemblen las piernas. Para variar. Y eso que la conozco desde que tenía tres años y mi madre me hizo el carnet de la biblioteca.

En veinte años poco ha cambiado. Es una mujer a una rebeca de punto, hecha a mano, pegada. Da igual si es verano o invierno, la prenda siempre descansa sobre sus hombros, el primer botón abrochado para evitar que se resbale, convirtiéndola así en una especie de capa de súper-héroe malvado. Mi madre siempre dice que ya nació con el pelo blanco y es probable también que con el moño puesto. Ese recogido tirante, plagado de horquillas, del que jamás un pelo rebelde ha osado escapar de su sitio. Gracias al efecto de su peinado, tiene la piel tirante en las sienes, tanto que su sola visión provoca dolor de cabeza. De hacerlo un poco más tirante, tal vez desaparecerían las patas de avestruz, que no de gallo, que nacen en el rabillo de sus ojos.

Angelines tiene la voz cascada, rota y áspera, producto seguramente del sempiterno Ducados que vive milagrosamente sujeto a su labio inferior sin que haga amago de caerse, ni siquiera en los momentos de rapapolvos épicos y enfurecidos a los usuarios de la biblioteca. Porque sí, Angelines fuma en la biblioteca, en contra de todas las leyes humanas y de sentido común que rigen el universo. Pese a quien le pese.

Las tiernas criaturas que pisan la biblioteca por primera vez, no dejan de asustarse ante sus garras de uñas afiladas, pellejos enjutos pegados a sus huesos, temerosos de su posible conversión en armas letales a causa de la mala leche de su dueña.

Angelines recoge mi libro, “Ciudad en llamas”, de un autor de nombre impronunciable para ella, que como dice la leyenda urbana que circula sobre su persona, fue compañera de pupitre de Góngora y Quevedo, y no ve mundo más allá de ese siglo. Carraspea mientras sus ojitos severos y achinados, de un color fluctuante entre el gris y el verde, me miran fijamente.

– ¿Vas a llevarte otro? – pregunta

– No – respondo con la boquita pequeña.

– Pues entonces, largo.

Y me voy, sin hacer ruido, mientras ella vuelve a su trabajo preferido: calcetar rebequitas a la vez que asusta a pobres usuarios indefensos.

Deriva

Otro de los trabajos del Taller de Escritura del CBA. David nos pidió que oyendo esta canción escribiéramos lo que nos inspiraba. Vaya por delante que yo no soy nada fan de Vetusta Morla y generalmente no me inspiran gran cosa 🙂

Hoy me he levantado, por fin, libre de todas las cuerdas que ataron a ti. He cogido impulso con mis pies y he subido hasta la superficie de ese estanque frío y viscoso en que me habías confinado a vivir.
No me vas a volver a matar.

Ya no. 

A lo largo del tiempo infinito en que fui tuya, dejé de apreciar hasta la calidad del aire, del agua que arrugaba mi piel. Las caricias que soñaba no fueron más que eso: sueños, porque en la realidad, en ese mundo en que tus tentáculos lo abarcaban todo, se convertían en latigazos que rasgaban de arriba a abajo mi voluntad. No me vas a volver a controlar.

Ya no.

Caricias de verdad, de las que curan el alma sin proponérselo, me hicieron ver mi muerte
inminente. Ya la vida no es más feliz porque tú la definas. Mi vida no.
He pasado miedo. He conocido la angustia, la frialdad de tus ojos impíos, que me ahogaban robándome el poco aire que llenaba mis pulmones.
Pero ya no me vas a volver a matar.

Ya no.

Tus ansias asesinas han conseguido exactamente lo contrario a lo que te proponías. En el único momento en que me permitiste elegir, decidí salvarme. Y ahora respiro. Y mis pulmones están henchidos, y mis ojos limpios y mi pulso es firme.
He escuchado voces amigas llamándome desde la superficie, pero si decidí empezar a deshilachar los cabos de tus cuerdas, fue por mí. Para mí. Y así poder flotar en la superficie. Y dejar que los rayos del sol me cieguen de nuevo, y que las piedras que alguien tire al agua provoquen olas que me lleven a donde ellas quieran.
Porque allí ya no estarás tú. Allí, sólo seré yo.

Recuerdos de la infancia

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Los días de verano, cuando no levantaba poco más que un palmo del suelo, estaban llenos de múltiples posibilidades que la monotonía del invierno no me permitía disfrutar. Mamá estaba en casa todos los días, lo cual era digno de apreciar. Dejaba de dar clase a un montón de criaturas que yo no conocía, y durante 3 meses era nuestra por completo. El abuelo también pasaba mucho tiempo con nosotros, involucrándonos en todos y cada uno de sus proyectos chapuceros. A lo largo de muchos veranos aprendimos a hacer infinidad de cosas a las que, hasta día de hoy, no les hemos sacado partido, pero que nos resultaban de lo más fascinantes. Fabricamos espumaderas con los tubos de la estructura del cochecito de alguna de mis muñecas. Hicimos tenedores y cucharas de madera. Acoplamos un motor de lavadora a una tolva para prensar las uvas y hacer vino.  Arreglamos mecanismos de reloj. Llevamos la luz eléctrica hasta el gallinero, que se convirtió en el gallinero más modernizado de la aldea, con tres bombillas, una para cada una de las habitaciones del mismo, que se podían encender desde la cocina de casa gracias a un conmutador. Incluso nos sacamos de la nada un flotador para controlar el nivel de agua del depósito que abastecía la casa.

La abuela, como siempre, estaba plantando algo: tomates, pimientos, lechugas, cebollas, judías, zanahorias. En todo momento parecía haber alguna mala hierba que arrancar, y esa solía ser nuestra función, puesto que no estábamos autorizados a tocar al resto de las plantas. Únicamente dejábamos de ser intrusos en sus dominios cuando llegaba la hora de recoger la cosecha de cualquiera de sus plantaciones. Sobre todo cuando llegaba el turno de las patatas, día en el que todos los habitantes de la casa nos afanábamos en desenterrar los tubérculos y llevarlos en cestos de mimbre hasta su lugar definitivo de conservación.

Sin embargo, si algo anunciaba que el verano empezaba oficialmente, al menos para mi, era el momento en que por primera vez en el año escuchaba el sonido de la caracola de mar. Entonces, corría a buscar mi cubo de la playa, mi gorro con volante para protegerme del sol y me cogía de la mano de mi abuela, que me agarraba firmemente para asegurarse de que caminaba a su lado. El sonido se hacía cada vez más nítido mientras caminábamos hacia él. Y por fin, cuando el camino se acababa para tropezar con la carretera, llegábamos a destino. Allí estaba don Genaro, con su furgoneta llena de pescado fresco, llamándonos a todos con el sonido de la caracola, cual flautista de Hamelín moderno. Me sonreía con sus dientes mellados y me preguntaba, invariablemente: ¿Qué pescado vas a querer?. Y yo invariablemente me encogía de hombros, porque a mi edad no era capaz de distinguir entre tantos cadáveres oliendo “a frescura” (como decían mis vecinas). Así que él, sin dejar de sonreírme y acariciando con descuido mi cabeza por encima del gorro de tela, deslizaba en el cubo de la playa un pescado de los que había escogido mi abuela para comer. En ese preciso instante, cuando el cuerpo resbaladizo que me iba a zampar a mediodía pasaba a ser de mi propiedad, yo daba por inaugurado el verano.

 

Monasterio de Monfero

Cúpula Convento

Cruzar a túa porta e sentirme pequena, minúscula, tamaño formigha, é todo un. Cando era nena e os meus padriños me levaban onda ti, pensaba que esa sensación desaparecería cando medrara. Pero non pasa. Sighe ighual. Ou máis ghrande ás veces. Porque ahora doénme cousas que antes nin entendía.

Non me acordo da primeira vez que te visitei. Seghuro que foi para ir a alghunha misa, ou cabodano. Pero acórdome desa sensación de sobrecollemento, e da miña cabeciña tratando de imaghinar cómo sería cando os frailes vivían entre os teus muros. Dábame medo pasar polos pasillos neghros que levaban á cociña, pero cando cheghabamos alí, e facendo como que non vía a merda dos restos das comelladas dos cazadores que se celebraban en tan insigne lugar, non era capaz de abrir a boca cando me asomaba pola ventana do vertedeiro e vía os prados e os montes interminables. A miña imaghinación desbordada case podía ver os frailes nunha tarde de inverno, merendando á beira da lareira, quentando eses pés que na miña visión sempre iban con sandalias e sen calcetís.

Tamén me daban medo esas estancias negrhas e cheas de silvas, que había que atravesar para cheghar á fonte no medio do seghundo claustro. Desde elas case se podían oir os berros de eses torturados que miña madriña me decía que se confinaban alí, deitados sobre unha mesa e atados a ela, mentres unha pingha de augha (ou de aceite fervendo, dependendo da culpa do torturado) caía nas súas frentes hasta que toleaban.

Devecía por saír desas salas, á dereita da ighlesia, con esas reixas de madeira, e as paredes e o suelo cheos de verdín. Pero calaba o meu medo de verme dentro dunha antighua cárcel donde se castighaban ós frailes rebeldes, aínda que non fora capaz de imaghinar que pecado tan ghrande tiñan que cometer para acabar alí metidos.

Os sepulcros dos Andrade, no suelo, sempre me deron algho de pena e tamén de respeto. Que pensarían de aqueles cativos que andaban a correr por entre eles, facendo ruído, e ás veces pisando neles. Se foran quen de ergherse, aínda habíamos levar unha labazada.

E esas historias que me conta miña madriña. A dos bois que viñan da canteira de Betanzos, carghados con pedras para levantar as paredes dos claustros, e que sabían o camiño sen que ninghién os ghiase. As festas da Cela que se facían dentro dos claustros, co retumbar dos zocos nos suelos de pedra. As tardes de vrao nas que mentres os maiores botaban a siesta os pequenos viñan desde a Visura para comer os careixós que medraban na parte de arriba dos claustros, xa entonces cheos de silvas. A pía de bautismo que “Doña” Carmen Polo, alias la collares, levou para o Pazo de Meirás. O neno da Virghen da Cela ( esa que apareceu nunha fonte, nun monte “da súa casa”) que ela visteu tantas veces cando era nova e que ahora xa non está. O retablo do altar maior que tiña santos que eran ghrandes coma homes e que ahora é unha parede pintada de blanco…

Durante 36 anos visiteite moitas veces. Cando estudiei no instituto Historia da Arte, aprendín a ver con outros ollos a túa fachada, a túa bóveda de cañón, o cimborrio, a chirola… Tantas cousas que antes me parecían bonitas pero ás que non lles sabía poñer nombre. A última visita foi hai dez días. Ghústame volver de cando en vez. Ahora acompáñame o meu home, que ten sensibilidade de sobra para compartir todo o que me doe cando te vexo.

Eu sempre chegho a ti polo teu lado máis discreto. Pola Visura. Desde aí non se ven os muros impoñentes dos claustros, coma cando vas polas Travesas, pero a min ghústame máis ir por aí, por donde me levaban cando era pequena, vendo á dereita o Lameiro, e pasando na curva antes de cheghar, por diante da casa de “Jesús do Convento”, que ahora é un deses modernos centros de interpretación que seghuro que costou moitos cartos e que está cerrado, para variar. Deixo o coche xunta o cruceiro, ou entro polo outro lado, tanto me ten. E vólvome a sentir pequeniña, infinitamente mínima, pasando pola túa porta. E daquela dóeme todo. Dóenme as túas fendechas, os cristales rotos, as silvas entrando por eles. Dóeme o teu claustro da hospedería, pechado cunha reixa de metal, que nunca foi máis inhóspito que hoxe. Dóeme ese camposanto, pequeno ó teu lado, onde están enterrada a mitad da miña sanghre. Dóesme así, tan ghrande, tan calado, morrendo sen queixarte…

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Se cheghache hasta aquí, neste enlace podes aprender algho da historia deste Monasterio ó que todos os veciños, coa confianza que dan os anos, lle chaman “O Convento”.

O ghallegho desta entrada non é nin moito menos normativo. Pero é o que eu aprendín a falar, o que escoitei desde pequena dos meus padriños, da familia que vivía ó lado do Convento, da tía Pura, de Juanucha, da irmá do padriño que sempre me decía o ghordiña que me estaba poñendo…de tanta xente que xa non está. Non podería ter escrito esta entrada doutro xeito.

 

 

 

Vuelo con Iberia por falta de alternativas.

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Es habitual que cuando se hace un viaje en avión y se aterriza en el aeropuerto de destino, una voz amable dé las gracias vía megafonía por haber escogido esa compañía para el viaje, y añada que espera verte de nuevo a bordo.

La mayoría de las veces, al menos en mi caso, cuando escojo volar con Iberia es porque no me queda otro remedio. Más en concreto, porque la otra compañía en la que podría hacer el vuelo directo Madrid-A Coruña no tenía billetes más baratos.

El pasado mes de diciembre mi marido y yo teníamos billetes para ir a casa a pasar las navidades. Como el turrón del Almendro. Tal cual. Habitualmente no facturamos, pero esta vez si, por aquello de llevar regalitos a la familia y porque la ropa de invierno de dos personas para tres semanas, ocupa algo más que una maleta de mano.

A las 9:30 poníamos el pie en el aeropuerto. Una mísera maleta para facturar. Hora de embarque 11:05 para salir a las 11:35. Llegando a la zona de facturación vemos tal cantidad de gente que parecía que todo Madrid estaba en el aeropuerto. Mi marido se pone a la cola para entregar las maletas mientras yo intento sacar las etiquetas del equipaje en los puntos de auto-checkin. La mayoría no funcionan. Los que funcionan van a velocidad de tortuga y en su mayoría están ocupados por gente que está intentando sacar sus etiquetas y que no pueden. Por alguna razón una vez introducidos los datos del pasajero, el sistema informa, después de un rato intentando funcionar, que la operación se ha cancelado por que ha pasado demasiado tiempo. El personal de Iberia no es capaz de atender a todo el mundo, están como motos corriendo de un lado para otro y contestando a la gente: “no le puedo atender en este momento”. Las etiquetas no salen, así que me uno a mi marido, que ya lleva un rato haciendo cola porque veo que está a punto de llegar al mostrador donde se entregan las maletas.

Cuando la señorita que nos atiende ve que no tenemos etiquetas para el equipaje y a pesar de explicarle que las máquinas de auto-checkin no funcionan y de que estamos en los mostradores que se nos indican en los paneles de información, nos dice que tenemos que ir a otros mostradores donde nos puedan dar las dichosas etiquetas. 10:20 y nos tenemos que cambiar de mostrador. La cola no se mueve. Lo de no se mueve es literal. Sigo intentando sacar las etiquetas en las máquinas de auto-checkin, pero las pocas que funcionan dicen lo mismo todo el tiempo: la operación se cancela porque se ha superado el tiempo de espera. Da igual si se pasa el código de barras por el lector o si se introducen los datos a mano. La respuesta es siempre la misma. Cuando llegamos a uno de los tres mostradores abiertos (con semejante aglomeración de pasajeros a nadie se le ocurrió abrir los otros que estaban cerrados) y después de ver a gente delante de nosotros que había perdido sus vuelos gracias a toda la espera, la señorita que nos atiende nos dice con cara compungida que ya no se admiten maletas para nuestro vuelo, porque son las 11:15 y que la próxima vez  nos saltemos la cola para avisarlos. (WTF?) Aún así levanta el teléfono para decir que vamos de camino a la puerta de embarque y que llevamos una maleta que no hemos podido facturar pero que tampoco es tan grande y que nos permitan llevarla en cabina. Nos lanzamos en una carrera increíble por toda la T4, pasando el control de seguridad a velocidad de vértigo, corriendo arrastrando las maletas para poder llegar a la puerta de embarque, para llegar allí y encontrarnos con la empleada de Iberia más desagradable que nos hemos encontrado hasta ahora, que no nos deja ni hablar, que dice que la puerta está cerrada y no podemos pasar, que por más que le explicamos que la señorita de facturación ha llamado para decir que íbamos, nos lo niega y lo único que repite, cual loro entrenado, es que vayamos a Atención al Cliente. Mientras la señorita sigue empeñada en no dejar que nos expliquemos , vemos entrar por la puerta que para nosotros está cerrada, a un grupo de 5 ó 6 personas que según la persona que nos des-atiende son personal de Iberia, personal al que nosotros no vemos ningún tipo de identificación. Así que, llegando 2 minutos más tarde del tiempo límite a la puerta de embarque (por causas ajenas a nuestra voluntad), nos dejan en tierra. A nosotros, y a otras tres personas que se han visto afectadas por overbooking.

No queda otra que dirigirnos al mostrador de Atención al Cliente. La señorita que nos atiende, nos trata con toda amabilidad y hace las gestiones para que nos den plaza en el próximo vuelo con sitios libres, que resulta ser el de las 19:00. Evidentemente decimos que sí, qué vamos a decir. Lo único que queremos es llegar a casa. Para eso nos hemos comprado los billetes ya en septiembre… Así que nos quedan 7 horas tirados en el aeropuerto que invertimos en salir otra vez a la zona de facturación (zona en la que están abiertos ya todos los mostradores y en la que somos 4 personas para facturar…), volver a pasar el control de seguridad y dejarnos el sueldo en dos cafés y en la comida.

Después de más de 7 horas tirados en un aeropuerto, por fin aterrizamos en A Coruña pasadas las 20:00.

Pero la historia no acaba aquí. Intentando hacer el check-in online para el viaje de vuelta, la página web me informa de que mi vuelo puede haber sido cancelado o hay algún otro problema. Llamo por teléfono para que me aclaren cual es el problema. Me dice la señorita que atiende desde el call center  que como no me presenté en el vuelo de ida me han cancelado el de vuelta. Le explico toda la historia del viaje de ida, pero resumida y le digo que nadie me informó de que me cancelarían el viaje de vuelta, ni siquiera me informaron de que podría pasar tal cosa. Me dice que tengo que llamar al aeropuerto, pedir que documenten lo ocurrido y que entonces me darán un billete nuevo, porque ella desde el call center de Latinoamérica no me puede resolver el problema. Me da dos números de teléfono, uno que ya no se encuentra en horario de atención al cliente y otro en el que nadie me contesta por más que llamo y llamo. Vuelvo a llamar a Atención al Cliente y cuento de nuevo mi historia, y desde el call center de Latinoamérica una señorita amable me soluciona el problema, diciendo que no hace falta que hable con el aeropuerto porque se ve claramente en el sistema que la hora del vuelo de ida fue modificada porque hubo una incidencia y no porque yo no me presentara para el vuelo. Finalmente, después de más de 30 minutos al teléfono, conseguimos billetes de vuelta.

El resumen es, señores de Iberia, que no volamos con ustedes por sus servicios, porque son un poco escasos. Porque preferiríamos que en lugar de tanta sonrisa y de tantos saludos cuando nos subimos al avión, las cosas funcionaran y no nos viéramos perjudicados porque a ustedes les importe poco lo que ocurra con los usuarios de sus líneas. Porque lo peor de todo es la sensación de estar en sus manos y la seguridad de que nuestros derechos siempre va a ser lo último de lo que se preocupen.

Amor y odio. Madrid.

El tiempo pasa volando. Y a lo tonto, a lo tonto, ya llevamos 2 años en Madrid. ¡Qué diferente todo de lo que pensaba que iba a ser!. Yo conocía Madrid “a ratitos”. Viajes cortos de una semana en los que no paras porque lo quieres ver todo. ¡Cuántas cosas por hacer en esta ciudad!. Museos, exposiciones, bares/tiendas de toda la vida, comprar ropa en tiendas que no hay en tu ciudad, salir de la Fnac con una cantidad ingente de libros que al final te leerás en menos tiempo del calculado.

Vivir aquí permanentemente no es, ni de lejos, parecido. Sí, hay muchas cosas para hacer, pero al final siempre te acaban costando un dinero que estará mejor invertido en comer o en pagar el alquiler todos los meses. Es inviable ir a comprar libros a la Fnac todos los días. Permitirse un piso en el Madrid bonito que vas a ver cuando estás de visita, es más inviable todavía. Así que acabas viviendo en otros barrios, que no se diferencian demasiado unos de otros y que no tienen nada de bonito. Son moles y más moles de edificios, si no iguales, parecidos, todos cubiertos por una pátina gris del humo de los coches.

Sí, el transporte en Madrid, sobre todo para los que venimos de sitios donde hay un bus a cada hora, es la releche. También es la releche el tiempo que te puedes pasar en el metro/bus/tren para llegar a un sitio. Medio día perdido en ir de un lado a otro. Tener coche tampoco es la solución. El tráfico es una locura, ya no digamos si llueve. Si quieres aparcar, o sales rezando de casa, o pagas un parking. O una plaza de garaje (aquí son “garages” casi todos). O solicitas zona de residente. O te peleas con los nuevos parquímetros.

En Madrid hace frío, pero los que venimos del norte lo notamos bastante menos que los de aquí. No hay humedad, así que cuando ves a todo el mundo con mantas encima y tú estaś sudando debajo del abrigo, te preguntas si tendrás roto el termostato. En Madrid hace mucho calor. Muchísimo. El verano, para los que venimos del norte, es la muerte. Son meses en los que lo más que haces es vegetar, moviéndote lo menos posible a lo largo del día, y asomando la nariz a la calle cuando Lorenzo ya no quema.

Madrid es una ciudad cruel para los pequeños y para los mayores. Es cruel, en general, por su ritmo de vida. Ver a los abueletes en el bus, o en el metro, sujetándose como pueden para que la velocidad de esos monstruos no los acabe tirando en el pasillo, o contra las paredes, o contra otros viajeros, es todo un espectáculo. (Sí, los buses y los metros tienen asientos. No, la gente no siempre les cede el sitio para que vayan más cómodos o seguros). Ya no digamos cuando tienen que cruzar 6 carriles para ir de una acera a otra y cuando aún van por la mitad empieza a parpadear el puñetero muñequito verde del semáforo diciéndoles que se les va a acabar el tiempo.

El mito de que en Madrid se come el mejor pescado y el mejor marisco es mentira. Bueno, tal vez en los restaurantes en los que te cobran sólo por mirar el cristal de la puerta, sea verdad. En el mercado no se ven tales cosas. Tal vez es que estamos mal acostumbrados. Tal vez tenía razón Isabel cuando dijo que ser de Galicia supone un handicap para comer cuando sales fuera. Ir al mercado cuando estás en casa, a unos metros del mar, y ver los pescados todavía vivos, saltando en las cajas, y luego llegar aquí y que te digan que ese pescado chuchurrío con los ojos rojos está fresquísimo, es para mear y no echar gota. No digamos cuando se empeñan en venderte pimientos de Padrón tamaño pimiento morrón. O cuando te dicen que las berzas están buenísimas y a tí te entran ganas de llorar pensando que si las ve tu abuela, las destinaría a estiércol y ni siquiera las consideraría aptas para que se las coman las gallinas.

Madrid, sin embargo, también te atrapa. Caminar por la calle Alcalá y por Gran Vía es toda una experiencia visual. Ahí están algunos de los edificios más bonitos de la ciudad. Las preciosas esculturas en sus azoteas. Todavía no vi nada que me gustara más que las cuádrigas sobre el imponente edificio del BBVA. Están casi parejas en la lucha con el edificio Metrópolis, pero ganan ellas.

En Madrid puedes romper con tu promesa de no pisar jamás el Bernabéu porque vienen The Rolling Stones. Y sientes las gradas vibrar bajo tus pies y flipas, aunque estés sentando el culo en el mismo sitio que algún merengue. En Madrid puedes ver a Rosendo en Las Ventas y soportar 3 horas de incomodísimo asiento, rompiendo la promesa de no pisar jamás una plaza de toros. Y rugir con las otras 17.000 almas que allí se encuentran y pensar que es el mejor concierto en el que has estado nunca. En Madrid puedes ver el Guernica y que se te caiga el alma a los pies con la sensación de pobreza que transmite, y luego puedes cruzar la calle y ver a Goya, y reconciliarte con el arte.

Puedes caminar por el Barrio de las Letras y encontrate a Reverte. Cenar en el Café Central mientras escuchas increíble jazz en directo. Asustarte con la cabra de colores de la Plaza Mayor, esa en la que se perdió Chencho (aunque haya generaciones que ya no lo sepan). Puedes reconocer las calles por las que caminaron los personajes de Fortunata y Jacinta, en las que seguro que no había por entonces una tienda de souvenirs o un KFC. ¡Qué emoción encontrarse la chocolatería en el pasadizo de San Ginés e imaginarte allí a Max Estrella con su “cráneo previlegiado”!. Y qué bonita la calle Arenal, el Teatro Real, el Palacio Real y sus jardines…

En fin, Madrid es una ciudad donde lo bueno y lo malo se dan la mano desde los extremos. A veces la quieres. A veces la odias. Y no puedes dejar de pensar que está bien para vivir una temporada, pero no para toda la vida. Será porque a terriña sempre tira.

( Las fotografías son del blog http://matavistas.blogspot.com.es)

Más es la bulla

Mis escritores preferidos siempre me conquistaron en verano. En esas tardes que no deberían haber sido ociosas pero en las que buscaba cualquier cosa que hacer en lugar de estudiar para los exámenes de septiembre.

Gabriel García Márquez, sin embargo,  llegó en primavera. Recuerdo perfectamente estar en clase de Literatura Española de C.O.U. Creo que era lunes. En la mesa, recién comprado y sin abrir todavía, estaba “Crónica de una muerte anunciada”. Esa frase de inicio “El día que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo.” fue el inicio de una fervorosa admiración por mi parte hacia la obra de Gabo. Esa manera de contar la historia, empezando por el final, desvelándonos a todos que cualquier cosa que leyéramos a lo largo de aquellas páginas no nos permitiría tener un mínimo de esperanza por la vida de Santiago. Aquella sucesión de circunstancias trágicas narradas sin esfuerzo y con aquella atmósfera tan real e irreal a la vez. ¡Qué descubrimiento! ¡Qué nulo esfuerzo fue el que tuve que hacer para leer aquel libro!

Llegado el verano, devoré “Cien años de soledad”. El ejemplar de Círculo de Lectores que llevaba años dando tumbos por las estanterías del salón, fue trasladado con honores a mi habitación. La sucesión de Josés, Aurelianos, Arcadios, Úrsulas y Amarantas me atrapó de tal manera que cuando terminé su lectura, empecé de nuevo, esa vez con papel y lápiz al lado para ir dibujando el árbol genealógico de la familia Buendía.

Sin embargo, por encima de todos los libros que he leído y por encima de todas las demás obras de García Márquez, “El amor en los tiempos del cólera” es la mejor novela, la historia de amor mejor contada, la mejor obra de la literatura universal. Florentino Ariza enclenque y desangelado, pasado de moda, enamorado apasionado, incondicional, tocando el violín en la colina y comiendo gardenias, metiéndose en la cama de todas y amando solo a una. Fermina Daza, impasible, dura, injusta y egoísta. Juvenal Urbino, innovador y mundano, atrapado en una ciudad tropical. Todos los personajes secundarios: Tránsito Ariza, Lotario Thugut, la Viuda de Nazaret, Lorenzo Daza, la tía Escolástica, los cuervos perfumados que aletean en el patio, los mastines, el loro subido al mango, Jeremiah de Saint-Amour y su perro… Todos ellos forman parte de un mundo increíble y deseable, mágico y terrenal a la vez, impresionante y maravilloso.

El título de este blog, es una frase de Fermina Daza. Vaya desde aquí este pequeño y humilde homenaje a García Márquez.

“Mi Habana nunca soñada”. (Artículo en la revista Infobibliotecas)

¡Mi artículo! ¡En una revista! ¡Qué ilusión! 🙂


Chan Chan
 (Banda sonora recomendada para la lectura del artículo)

 Una tarde de verano, de hace 6 años, el calor abrasador del agosto de Madrid me llevó a la tercera planta de la Fnac de Callao en busca de algo de aire acondicionado. Revolviendo entre las estanterías de libros de bolsillo (lo único que me permitía mi exiguo presupuesto) me encontré con Trilogía Sucia de La Habana. Un autor que no conocía de nada y un título sorprendente. Sorprendente para mi, que nunca habría asociado el calificativo de “sucia” a La Habana, a esa Cuba que siempre soñé mágica, ese mundo lejano donde vivió mi abuelo emigrado, el señor de pelo engominado, traje blanco y sombrero en la mano delante del Capitolio. Yo no sabía en mi infancia lo que era una plantación de caña de azúcar, pero sabía que mi abuelo trabajó en una, y que allá en los años tempranos del siglo XX llegó a tener coche gracias a ello. Cuba era, en mi imaginación, un lugar lleno de música, sol y sonrisas, seguramente gracias a la influencia de las historias escuchadas a retazos en una cocina y a un disco de Compay Segundo que cayó en mis manos, también por casualidad, años antes, en plena Selectividad.

A través de los relatos de Pedro Juan descubrimos una Habana donde el sol no es tan reluciente, y Cuba ya no es un paraíso. Sus historias descarnadas nos llevan a través de una ciudad destrozada. No hay dinero, no hay comida, no hay trabajo, no hay viviendas dignas porque no hay con qué arreglarlas. Pedro Juan vive en cuartos pequeños, en edificios a punto del derrumbe, ocho, diez pisos sin ascensor, gente hacinada en espacios minúsculos, muchas veces sin electricidad, muchas veces sin agua para asearse, con baños compartidos por más de cicuenta personas y con una permanente peste a mierda. Siempre hay peste a mierda, en los portales de los edificios, en las escaleras, en el baño, en los cuartos donde vive la gente que no se asea. En algún momento afirma: “ya me estaba acostumbrando a muchas cosas nuevas en mi vida. Me estaba acostumbrando a la miseria.”

Pero en medio de tanta peste a mierda, Pedro Juan siempre tiene un momento para el optimismo, sin dejar de ser crítico con todo lo que le rodea. La vista desde la terraza donde está su cuarto, el Malecón, el océano, el cielo, una mulata guapa, una botella de ron, un tabaco y música parecen ser suficientes para soportar la vida.

Buena Vista Social Club nos lleva por las mismas calles destrozadas de La Habana. Las fachadas de los edificios son manchones desconchados de colores aleatorios, los coches antiguos son fantasmas de otros tiempos que circulan entre monstruosos autobuses de siluetas deformes, los artistas que salen en la pantalla reflejan en sus rostros la dureza del día en el que viven, ese día a día lleno de peste a mierda, lleno de una falta total de reconocimiento hacia ellos. Personalmente, me parece impactante el momento en que Ibrahim Ferrer cuenta cómo vivía limpiando zapatos, y cómo no le avergonzaba en absoluto decirlo, porque tenía una familia que mantener.

En los relatos de Pedro Juan aparecen personajes que podríamos identificar con los protagonistas de Buena Vista Social Club, habitantes de una ciudad antaño próspera, donde llevaban una vida que suponemos confortable y que ahora se ven igualados con el resto de sus habitantes por obra y gracia de una pobreza impuesta por la irracionalidad.

Sin embargo, tanto en Trilogía Sucia de La Habana como en Buena Vista Social Club, la sensación nunca es desesperanza, ni de tristeza. Pedro Juan sobrevive viviendo la vida, con sus trabajos varios, dando bandazos entre la legalidad que no le permite comer y los trapicheos que le proporcionan lo suficiente para ir tirando unos días. Cuando eso no ocurre, no parece causarle ningún remordimiento ni conflicto interno, el que la mujer de turno que duerme en su cama se vaya al Malecón a jinetear para conseguir algo de dinero. Su sentido de la moral y sus principios son de todo menos convencinales, y seguramente producto de su adaptación a todo lo que le rodea. Muchos lo han comparado con Bukowski. Puede. Pero a Bukowski le falta el sentido del humor habanero, el instinto de supervivencia, sin perder la sonrisa, en medio del desastre. Quizás el mismo que llevó a sobrevir hasta triunfar de nuevo, a la edad en que tendrían que estar jubilados, a los artistas de Buena Vista Social Club. Es impagable ver a Omara Portuondo, a Compay Segundo, a Rubén González, a Ibrahim Ferrer, con el Carnegie Hall rendido a sus pies, sonriendo sin parar, humildes siempre. Impresionantes.

Así que no lo dudéis. En algún momento buscad tiempo para disfrutar de lo que estas dos obras nos evocan, de un mundo donde a los pies de los santos se pone ron, miel y tabaco, y donde los artistas sobrevivien limpiando zapatos.  

Cambiando de estado civil en 3,2,1…

Cuando hace 17 años mi madre me buscó unas clases particulares de verano para recuperar Matemáticas y Física, no hubiera imaginado lo que iban a cambiar mi vida esas tardes interminables de agosto.

Ese profesor serio, implacable, que me ponía millones de ejercicios para el día siguiente y que no me permitía ni un despiste, al que no le importaba que la hora de finalizar la clase se hubiera terminado 50 minutos antes; ese que me decía, cuando yo me quejaba de tanto ejercicio matemático, que no sabía lo duro que era estudiar para exámenes de Estructuras que duraban 8 horas y que luego por las noches se dedicaba a procrastinar en lugar de estudiar; ese que me decía “piensa Tania, piensa” cuando yo no sabía que responder ante una de sus preguntas (porque estaba tan cansada que ya no sabía ni si tenía neuronas); ese que me escribía en la libreta “Houston, we have a problem” cuando la cagaba de verdad en un problema; ese que cuando yo contestaba “Si” (aunque fuera “No” porque ya me quería ir) a su pregunta “¿lo has entendido?” me decía “pues entonces explícamelo” y al que entonces me daban ganas de retorcer el pescuezo, será mi marido dentro de un mes justito.

He de decir que en medio de mis instintos asesinos hacia él, descubrí que era muy fácil despistarlo llevándole alguno de mis poemas para que los leyera. Y hasta él me dejaba leer alguno de los suyos. Y al final hasta nos caímos tan bien que nos seguimos escribiendo durante una temporada. Pero por aquel entonces él estaba enfadado con el mundo y a mi me estaba gustando mucho descubrirlo, así que dejamos de escribirnos.

Pasados los años, en un asfixiante y pegajoso día de verano, nos encontramos en el supermercado. Comprando helados. Nos contamos la vida resumida en unos minutos. Que si él seguía escribiendo, que si yo ya no, que pruebes a hacerte un blog, que sí, que no, venga que me tengo que ir, chao, chao. A los 10 minutos nos volvimos a encontrar en la calle y alguno llegó a casa con los helados derretidos.

Desde ahí nos perdimos más o menos la pista. A ratos nos escribíamos correos, a ratos nos seguíamos por los blogs, a ratos no sabíamos nada el uno del otro. Hasta que un día, por puro afán de cotilleo me hice una cuenta en el facebook. Y al poco tiempo me llegó su solicitud de amistad. Y ya nunca nos volvimos a perder. Durante un tiempo él fue mi paño de lágrimas, el refugio de una mierda de tempestad en la que nunca me querría haber visto. Y siempre estaba ahí. Daba igual la hora o el momento, no hubo una sola vez que no tuviera unos minutos para hablar conmigo y reconfortarme. Y hacerme reír. Y pasear bajo cuatro gotas de lluvia (lo de cuatro es un decir). Esa lluvia que nos acompañó en nuestra primera cita, cuando el paraguas se convirtió de pronto en un arma de destrucción masiva.

Nuestra vida ha cambiado mucho desde entonces. Nunca creímos que independizarnos significaría hacer la mudanza para vivir a 600 km de casa, pero aquí estamos, echando de menos lo de allí, muy felices con lo de aquí… y a un mes de casarnos!

 

Saliendo del armario

Hoy, por fin, voy a salir del armario. Ya estoy harta. He meditado mucho esta decisión. Sé que a partir de ahora, mucha gente me va a mirar raro. Otros me marginarán. Más de uno me llamará loca, insensata, falta de inteligencia. Seguro que habrá comentarios del tipo: “mírala, ella que parecía una chica tan normal”. No creo que salga en la tele, pero si lo hiciera, mis vecinos dirían al reportero de turno: “siempre saludaba, era una joven muy amable”. Habrá quien piense que estoy influenciada por malas compañías. Que me ha atrapado una secta. Que alguna droga me ha dañado el cerebro. Que algún alienígena me ha abducido. Que me afecta la crisis. Que me he dado un golpe en la cabeza. Que tal vez he comido la soja contaminada que tan de moda estuvo no hace mucho.

Habrá amigos o conocidos que se sorprendan. Pensarán: ¿cómo no me he dado cuenta?, esas cosas se notan, todos los que son como ella lo van pregonando, con mil distintivos encima para que se les reconozca. Puede que hasta haya quien se indigne por no haberle hecho partícipe de tal cosa, no vaya a ser que luego lo relacionen con alguien tan chungo como yo…

Porque no sé si os habéis dado cuenta, pero yo soy una persona chunguísima. Tan chunga, pero tanto, tanto, tanto, tanto, que he decidido voluntariamente ser católica! Sí, señores. Soy uno de esos seres terroríficos que creen en Dios. Esos que son un peligro para la humanidad, para la sociedad, para la galaxia, y hasta para el cambio climático si me apuráis… Y es que además, yo no tengo disculpa. Porque aunque mis padres me bautizaron sin consultarme, aunque luego recibí la comunión perfectamente concienciada de lo que significa e incluso llegué a confirmarme (aquí un poco menos concienciada, todo hay que decirlo), durante años abandoné el catolicismo. Crisis de fe, que queda muy bonito así dicho. Pérdida de gente a la que quería con toda mi alma. Y rachas de mala gente que no dejaba de entrar y salir de mi vida. Me pasé por el forro todas las normas de mi religión. Y seguí el camino que “molaba”. Me hice progre, moderna, mujer de hoy en día. Abandoné todas mis creencias sin mirar atrás. Viví como se suponía que tenía que hacerlo alguien de hoy en día, perfectamente integrado en la sociedad, con una inteligencia mínima. Pero he aquí, que me harté de ser tan progre, moderna, y mujer actual. Y la fuerza oscura me atrajo de nuevo, tiró de mi, me sedujo con sus cantos de sirena. Y yo me resistí. Me hice la loca, miraba hacia otro lado. Pero nada, no había manera. Y un día, sucumbí: recé. Pedí a Dios que me ayudara. “Esto no se puede repetir”, me dije. Pero recaí. Volví a rezar. Pedí a Dios que ayudara a alguien a quien yo no podía ayudar.  “Esto ya pasa de castaño oscuro”, pensé. Ni una vez más. Peeeeeeeero… un buen día se me ocurrió acompañar a misa a un amigo católico, de esos masoquistas, de los que llevan toda la vida siendo católicos, estudiando en colegios católicos, rezando a diario. De esos más chungos incluso que yo. Ese domingo en misa, ya fue el remate. Ya no tuve fuerzas para resistirme más. Y aunque durante la lectura del Evangelio, donde se contaba que los pescadores echaron las redes y sacaron más y más peces, no dejaba de preguntarme si esos peces serían xardas (que es, como todo el mundo sabe, el pescado más rico del mundo mundial), cuando llegó la hora de arrodillarme me arrodillé, y recé, y le pedí cosas a Dios. Y dije: “la he cagado”. Porque si ya nadie entiende que uno sea católico, que mucha gente es algo que arrastra consigo mismo por inercia, a ver cómo explico yo ahora que lo he escogido voluntariamente.

Desde entonces, cada vez que se me ha ocurrido decir que soy católica, he tenido que escuchar de todo. Insultos, por supuesto. Discursos intentando convencerme de que mis creencias y mi Fe no tienen sentido. Diatribas sobre la no existencia de Dios. Peroratas sobre la mala influencia que la gente como yo ejercemos sobre el mundo. Pero sobre todo, he tenido que ver falta de respeto. Yo he respetado siempre, incluso cuando me pasé el catolicismo por el forro, que otros creyeran. Porque vivimos en un país donde tal cosa está recogida, incluso, en la Constitución. Pero parece ser que las cosas no son así: yo tengo que respetar a los que no creen. Pero los que no creen, no me respetan a mi. Yo no trato de convencer a nadie para que sea católico, pero sería multimillonaria si me dieran un euro por cada vez que me he visto en la situación contraria.  Y me toca mucho los huevos que no me respeten. Por que es mi elección, mi decisión, y mi Fe. Y yo, conmigo misma, hago lo que me da la gana. Incluso ir a misa todos los domingos. Y a veces, aunque no sea domingo (aunque yo creo que esto último, ya es vicio…)