Indignación

Indignación
Biblioteca antigua

Durante estos pasados días de politiqueo absurdo (por lo irremediable de ciertas situaciones), he estado recordando mi experiencia más directa con los entes públicos y sus representantes. Si ahora se habla de juventud desencantada, ni se imaginan cómo estaba yo hace casi 6 años…

Recién salida de la Facultad, con mi título bajo el brazo, se me plantea la posibilidad de optar a una beca para organizar (¡yo solita!) una biblioteca personal donada a un Ayuntamiento por un señor más que reconocido dentro de su ámbito de trabajo. Me dieron la beca, la mejor pagada entonces: 600€ al mes, por 8 horas de trabajo diarias, durante 4 meses.

Firmo los papeles de la beca. Empieza mi jornada de trabajo. Primer día: un montón de nervios y mucha ilusión. Para llegar a mi lugar de trabajo tengo que atravesar 2 plantas de un edificio de uso municipal, en el que se desarrollan actividades que no están para nada relacionadas con mi trabajo. Es más, bajo la biblioteca hay una cocina de la que sube olor a comida todos los días. Pero me da igual. Voy a trabajar. En lo que me gusta. En lo que he estudiado.

Al abrir la puerta me esperan un montón de cajas llenas de libros (como unos 4.000). Están separados ya por temas. Yo misma, y otros 3 compañeros de estudios, hicimos esa tarea en el Practicum obligatorio de la carrera. Me espera además una tonelada de polvo acumulada en las cajas, los libros, las estanterías, y la estancia… Bueno, ya vendrán mañana a limpiar. También tengo un ordenador. Tiene menos de 500Mb de disco duro. Y perteneció al aparejador municipal. Lo sé porque sus documentos todavía estaban allí. Incluidas licencias para obras con fechas posteriores a la que estábamos por aquel entonces. Llamo a la Biblioteca Municipal, que es de la que dependo, e informo de la situación. Me dicen que lo borre todo. Me niego. No es mi ordenador ni mi información. Se me informa de que al día siguiente, el técnico informático del Ayuntamiento pasará por allí.

Las estanterías tienen tanto polvo que me da cosa poner los libros allí. Bajo a pedir a las chicas que trabajan en la planta de abajo un paño para limpiar, y acabo subiendo con paño, fregona, escoba y recogedor de polvo. Limpio, porque me ahogo con la mierda, incluso con la ventana abierta. No es una tarea que me corresponda, pero bueno, por una vez, y por cuestión de supervivencia, lo hago.

Durante la primera semana me dediqué a abrir cajas, colocar libros en estanterías y estornudar. El técnico de informática llegó, formateó el disco duro sin mayores contemplaciones y sin hacer copia de seguridad («seguro que ya las hizo el dueño anterior»). Tratamos de instalar el programa de la Xunta con el que voy a catalogar. Ocupa casi todo el disco duro. Problema: cuando empiece a hacer mi trabajo no voy a poder grabar demasiados datos porque se me va a colapsar el disco duro. Vuelvo a informar de la situación. Se va a valorar la posibilidad de comprar un ordenador, e incluso de contratar una conexión a internet.

Sigo trabajando. Nadie viene a limpiar. Los libros tienen bichos. De las vigas de madera del techo caen bichos. Empecé a tener serios problemas de alergias a picotazos de bichos aleatorios: reacciones locales aumentadas, me dicen que se llaman. Tres veces a Urgencias a que me pongan Urbason. Antihistamínicos a saco. Todo el día dormida. Pero sigo trabajando.

Por fin llega el ordenador nuevo. Lo trae un «operario» del Ayuntamiento que está suspendido de empleo y sueldo por abuso de funciones, pero al que se la han encomendado otras tareas gracias a sus contactos. Me encomienda el cuidado del ordenador «como si fuera mi propio hijo»… Problemas con el volcado de datos. Instalación de la nueva versión del programa. ¡Conexión a Internet! Para conectarme tengo que entrar en el despacho de las chicas de abajo. Encender el router. Subir a la biblioteca, y rezar para que la Wifi funcione, porque la placa de hormigón que hay entre mi piso y el de abajo, parece que se come la cobertura.  Parece que por fin puedo trabajar un poco decentemente.

Se le encomienda la limpieza de la biblioteca a dos individuas del servicio de limpieza del Ayuntamiento. Nada más llegar me dicen que a ellas no le compete limpiar ahí. Que vienen cansadísimas de limpiar 2.000 metros cuadrados de otro edificio municipal (dudo que que haya algún edificio municipal en este Ayuntamiento que ocupe semejante superficie). Les digo que yo no pedí que vinieran. Me berrean que yo no soy nadie para pedir nada. Les digo que no, que vale, pero que yo no las mandé venir, y que me llega la mierda a las orejas. Nos miramos desafiantes. «Hacen» su trabajo y se van. Durante todo el tiempo que duró la beca, venían a limpiar una o dos veces a la semana como máximo. Los primeros días me iba a tomar el café mientras ellas estaban allí. Luego opté por quedarme, porque si me iba se largaban en 5 minutos. Seguían las miradas desafiantes.

Yo mientras tanto, a lo mio. Feliz el primer mes con mi cheque de 600€ en el bolsillo. Trabajando lo que podía con los medios que tenía. Pegándome paseos hasta la biblioteca de la que dependía, porque tenía conexión a internet pero no tenía teléfono. Y cuando me cansé de gastar el saldo de mi tarjeta llamando, pues me iba a pie en mi hora del café. Descubrí entre los libros dibujos originales de Luis Seoane (gran amigo del dueño de la biblioteca), dedicatorias de Santiago Carrillo (gran amigo del dueño de la biblioteca), dedicatorias de Francisco Ayala (más que amigo del dueño de la biblioteca)… y así de gente más que conocida.

Y entonces… entonces se me ocurrió tener ideas. Se me ocurrió que podríamos ponernos en contacto con la Fundación Luis Seoane, tal vez con Carrillo que estaba de vacaciones por estos lares en aquel entonces; sería publicidad para la biblioteca. Quizás dinero a través de la Fundación Luis Seoane, o cuando menos colaboración con ellos. Respuesta: una media sonrisa como queriéndome decir «qué ingenua eres» pero sin decírmelo, y un escueto: «demasiado trabajo». Cuando por mi cuenta y riesgo intenté hablar con el entonces alcalde de la situación de la biblioteca, me encontré con un «no hay dinero» y un manifiesto desinterés por su parte. A todo esto, el principal interesado en traer esa biblioteca al pueblo fue él, porque alguien le dijo que quizás ganaría votos. Puso todo su empeño ello, renovó el cargo, y pasados dos años la viuda del dueño de la biblioteca, llamó para preguntar si alguien tenía pensado ir a recoger los libros, o los tenía que desempaquetar y colocarlos de nuevo en las estanterías.

Con mi gozo en un pozo volví a mi trabajo. Era materialmente imposible ordenar, catalogar y clasificar la totalidad de los libros en 4 meses: «importa los registros de la BNE». Ya empezaba a darme todo un poco igual, así que me puse a importar registros cuando me funcionaba la Wifi y a catalogar a mano cuando no disponía de otras tecnologías.

Llegado el mes de agosto, mi jefe se fue de vacaciones. La persona que ocupó su puesto al mando de la biblioteca no tenía ni idea de nada, aún después de muchos años allí trabajando. Ni idea de cómo funcionaba una CDU, ni idea de como funcionaba el programa de catalogación ni de cómo resolver mis dudas al respecto, ni idea de nada… Desesperación absoluta durante un mes. De todas formas salí adelante, trabajé, catalogué todo, sellé uno a uno todos los libros, seguí peleándome con las de la limpieza, que si se pasaban por el forro las indicaciones de mi jefe, ni qué decir de lo que hacían con cualquier cosa que le pudiera decir la persona que dirigía la biblioteca en vacaciones. Amablemente me dejaron dos bayetas para que yo limpiara si lo veía necesario. Y otra vez a pedir los útiles de limpieza de las chicas de la planta de abajo.

Coincidiendo con las fiestas patronales, la biblioteca municipal cerró durante una semana. Yo también tuve vacaciones. Mientras tanto una empresa especializada en el tema fumigó «mi» biblioteca para acabar con todos los bichos que caían de las vigas. El día de vuelta al trabajo tenía que llegar dos horas más tarde de mi horario habitual, tiempo en el cual los servicios de limpieza del Ayuntamiento tendrían que hacer su trabajo y dejarme el lugar de trabajo libre de los restos de la fumigación… Ja! Al llegar me encontré todavía en la puerta el precinto que habían dejado los de la empresa. Llamada a mi jefe, informe de la situación, respuesta: «pues quita el precinto y entra con cuidado»… Fuera precinto, apertura total de ventanas, oración para no mutar o sufrir daños radiactivos, solicitud de préstamo de útiles de limpieza a las chicas del piso de abajo, limpieza básica para sobrevivir, un recogedor de polvo lleno de bichos y toda superficie que tocase, pegajosísima.

Hasta las entretelas de todo, hice lo poco que quedaba por hacer. Coloqué los libros definitivamente en las estanterías, por orden alfabético. Puse cartelitos en cada estantería para que se pudiera identificar la temática de los libros. La última semana vinieron a poner persianas para que el sol no dañara los libros (después de haber pasado todo el verano con los cristales al aire). Y de pronto llueve, y una inmensa gotera chorrea por encima de una de las estanterías. Desalojo de libros, que acabaron repartidos encima de sillas, y para colmo, me envían de ayudante a un voluntario, que nadie sabe cómo llegó allí, ni por qué, y que en lugar de ayudarme me desayudaba y me desquiciaba, porque no abría la boca en las 8 horas de trabajo.

Al final de mi tiempo de becaria, con todo el trabajo hecho, en lugar de sentirme satisfecha me sentí asqueada. A nadie le importó el trabajo que hice.

Mi jefe, ante cualquier pregunta que yo hiciera respondía invariablemente: «haz como veas». Y durante cuatro meses sólo se dejó caer 2 veces por la biblioteca, la última, cuando le rogué que por favor viniera porque yo ya me iba y quería explicarle cómo había dejado organizado todo. Ya he contado lo de las persianas. Cuando yo me fui aún no habían arreglado las goteras. Los servicios de limpieza me ignoraron ampliamente, cobraron a fin de mes, y sin embargo yo hice el trabajo. No creo que pueda recordar, ni siquiera esforzándome, quién era entonces el titular de la Concejalía de Cultura: jamás se preocupó de aparecer por allí ni de mostrar el mínimo interés por tener una increíble biblioteca personal y especializada en el pueblo.  Biblioteca que por cierto, está cerrada, ya que no hay personal para atenderla. Y lo mejor de todo, fue no cobrar nada durante 3 meses, porque la señora interventora del Ayuntamiento que se llevaba fatal con mi jefe, no firmó la salida de mi dinero hasta que en el mes de noviembre (uno después de acabar de trabajar) y finalizada mi paciencia, se me ocurrió protestar seriamente.

Y diréis: ¿por qué esta parrafada? Pues para decir que a mi no me hizo falta el 15M para desencantarme, porque aunque fuera a muy distinto nivel, yo ya estaba desencantada desde hace mucho tiempo. Porque en este país de mierda, y ya no digamos en los Ayuntamientos pequeños llenos de caciques, la cultura le importa un bledo a todo el mundo. Todo le importa poco a nuestros políticos con tal de llevarse los votos. Pero no se olviden señores: un país sin cultura, sin gente con formación, sin un mínimo de conocimientos, es un país con mano de obra barata que se va a ir al carajo mucho más rápido de lo que piensan todos.

Estoy indignada.

He dicho.