Recuerdos de la infancia

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Los días de verano, cuando no levantaba poco más que un palmo del suelo, estaban llenos de múltiples posibilidades que la monotonía del invierno no me permitía disfrutar. Mamá estaba en casa todos los días, lo cual era digno de apreciar. Dejaba de dar clase a un montón de criaturas que yo no conocía, y durante 3 meses era nuestra por completo. El abuelo también pasaba mucho tiempo con nosotros, involucrándonos en todos y cada uno de sus proyectos chapuceros. A lo largo de muchos veranos aprendimos a hacer infinidad de cosas a las que, hasta día de hoy, no les hemos sacado partido, pero que nos resultaban de lo más fascinantes. Fabricamos espumaderas con los tubos de la estructura del cochecito de alguna de mis muñecas. Hicimos tenedores y cucharas de madera. Acoplamos un motor de lavadora a una tolva para prensar las uvas y hacer vino.  Arreglamos mecanismos de reloj. Llevamos la luz eléctrica hasta el gallinero, que se convirtió en el gallinero más modernizado de la aldea, con tres bombillas, una para cada una de las habitaciones del mismo, que se podían encender desde la cocina de casa gracias a un conmutador. Incluso nos sacamos de la nada un flotador para controlar el nivel de agua del depósito que abastecía la casa.

La abuela, como siempre, estaba plantando algo: tomates, pimientos, lechugas, cebollas, judías, zanahorias. En todo momento parecía haber alguna mala hierba que arrancar, y esa solía ser nuestra función, puesto que no estábamos autorizados a tocar al resto de las plantas. Únicamente dejábamos de ser intrusos en sus dominios cuando llegaba la hora de recoger la cosecha de cualquiera de sus plantaciones. Sobre todo cuando llegaba el turno de las patatas, día en el que todos los habitantes de la casa nos afanábamos en desenterrar los tubérculos y llevarlos en cestos de mimbre hasta su lugar definitivo de conservación.

Sin embargo, si algo anunciaba que el verano empezaba oficialmente, al menos para mi, era el momento en que por primera vez en el año escuchaba el sonido de la caracola de mar. Entonces, corría a buscar mi cubo de la playa, mi gorro con volante para protegerme del sol y me cogía de la mano de mi abuela, que me agarraba firmemente para asegurarse de que caminaba a su lado. El sonido se hacía cada vez más nítido mientras caminábamos hacia él. Y por fin, cuando el camino se acababa para tropezar con la carretera, llegábamos a destino. Allí estaba don Genaro, con su furgoneta llena de pescado fresco, llamándonos a todos con el sonido de la caracola, cual flautista de Hamelín moderno. Me sonreía con sus dientes mellados y me preguntaba, invariablemente: ¿Qué pescado vas a querer?. Y yo invariablemente me encogía de hombros, porque a mi edad no era capaz de distinguir entre tantos cadáveres oliendo “a frescura” (como decían mis vecinas). Así que él, sin dejar de sonreírme y acariciando con descuido mi cabeza por encima del gorro de tela, deslizaba en el cubo de la playa un pescado de los que había escogido mi abuela para comer. En ese preciso instante, cuando el cuerpo resbaladizo que me iba a zampar a mediodía pasaba a ser de mi propiedad, yo daba por inaugurado el verano.

 

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