Abuelo

De pequeño pensaba que los zeppelines eran almas de difuntos que iban camino del cielo, y se arrancaba los botones negros que alguien le había cosido en su camisa en señal de luto por el fallecimiento de su abuelo. Cuando su hermana recogía la fruta que había caído al camino, fuera del cerrado de la huerta, él la echaba de nuevo al camino para que la recogiera cualquiera que pasara por allí y que la necesitara.

Aprendió a tocar el acordeón, y luego lo tuvo que vender para comprar a su esposa una máquina de coser. Esa esposa con la que se casó en contra de su familia, bajo el sólido argumento de “miña nai, quen vai durmir con ela vou ser eu, non usted”.

Aunque fue poco a la escuela, siempre se le dieron bien los números. No tanto las letras. Y de tanto hablar sólo gallego con gheada, cuando hablaba castellano seguía pronunciando las “g” como “j”.

En la mili se hartó de comer lentejas. Dos años comiendo lentejas. Comió tantas lentejas que nunca dejó de mirarlas con recelo. Y en la mili aprendió a conducir. Cosa que nunca dejó de hacer ya por el resto de su vida.

Conducir fue su profesión. Transportaba mercancías en “El Ideal Gallego”. Cuando su corazón, que era demasiado grande para el sitio que tenía, empezó a mostrar signos de debilidad, dejó las mercancías y pasó a conducir autobuses hasta que se jubiló.

Se jubiló pero no para descansar. Se jubiló después de años de trabajar jornadas interminables y cuidó de sus nietos. Durante años nos dio el desayuno, lavó las tazas, nos llevó al colegio, nos fue a buscar, fregó los platos después de comer, nos volvió a llevar al colegio y  nos fue a recoger de nuevo a la salida de clase. Y nos llevó en nuestro primer viaje en tren. Y  nos llevó a las ferias, a Villalba, a Betanzos, a San Froilán, sitios donde nos desesperábamos porque a cada dos pasos se paraba a hablar con alguien que había conocido trabajando, o que era miembro de su extensa familia. Y nos dio siempre, sin dudarlo un instante, todo aquello que necesitamos.

Y sobre todo nos quiso. Nos quiso mucho. Nos mimó. Nos hizo sonreír. Nos ayudó a ser felices, aunque a veces, en su momento, no lo hayamos entendido. Mi abuelo no era un hombre culto. Pero era inteligente. Y paciente. Y cariñoso. Y siempre tenía una historia que contar. Y hablaba con todo el mundo. Y casi, casi, casi nunca se enfadaba. Y hacía mil chapuzas todos los días. Arreglaba lavadoras, flotadores de depósitos, hacía cucharas, espumaderas, cestos con cintas de atar los palés de ladrillo, le ponía motores de lavadoras a cualquier invento… Hacía camas, pasaba la escoba, limpiaba el polvo, fregaba el suelo, cualquier cosa de casa menos planchar o cocinar. Y nos hacía reír.

Hoy hace ya once años que no está con nosotros. Y sigue siendo difícil vivir sin él. Y siempre pienso que me faltó un poquito de tiempo para estar a su lado. Para darle las gracias por habernos dedicado su vida. Para pedirle perdón por no haber sabido valorar en su momento todo el amor que nos dio. Para devolvérselo con creces. Para darle todos los abrazos que se nos quedaron en el tintero.

Allá donde estés: te quiero. Y te echo mucho de menos.

 

Indignación

Durante estos pasados días de politiqueo absurdo (por lo irremediable de ciertas situaciones), he estado recordando mi experiencia más directa con los entes públicos y sus representantes. Si ahora se habla de juventud desencantada, ni se imaginan cómo estaba yo hace casi 6 años…

Recién salida de la Facultad, con mi título bajo el brazo, se me plantea la posibilidad de optar a una beca para organizar (¡yo solita!) una biblioteca personal donada a un Ayuntamiento por un señor más que reconocido dentro de su ámbito de trabajo. Me dieron la beca, la mejor pagada entonces: 600€ al mes, por 8 horas de trabajo diarias, durante 4 meses.

Firmo los papeles de la beca. Empieza mi jornada de trabajo. Primer día: un montón de nervios y mucha ilusión. Para llegar a mi lugar de trabajo tengo que atravesar 2 plantas de un edificio de uso municipal, en el que se desarrollan actividades que no están para nada relacionadas con mi trabajo. Es más, bajo la biblioteca hay una cocina de la que sube olor a comida todos los días. Pero me da igual. Voy a trabajar. En lo que me gusta. En lo que he estudiado.

Al abrir la puerta me esperan un montón de cajas llenas de libros (como unos 4.000). Están separados ya por temas. Yo misma, y otros 3 compañeros de estudios, hicimos esa tarea en el Practicum obligatorio de la carrera. Me espera además una tonelada de polvo acumulada en las cajas, los libros, las estanterías, y la estancia… Bueno, ya vendrán mañana a limpiar. También tengo un ordenador. Tiene menos de 500Mb de disco duro. Y perteneció al aparejador municipal. Lo sé porque sus documentos todavía estaban allí. Incluidas licencias para obras con fechas posteriores a la que estábamos por aquel entonces. Llamo a la Biblioteca Municipal, que es de la que dependo, e informo de la situación. Me dicen que lo borre todo. Me niego. No es mi ordenador ni mi información. Se me informa de que al día siguiente, el técnico informático del Ayuntamiento pasará por allí.

Las estanterías tienen tanto polvo que me da cosa poner los libros allí. Bajo a pedir a las chicas que trabajan en la planta de abajo un paño para limpiar, y acabo subiendo con paño, fregona, escoba y recogedor de polvo. Limpio, porque me ahogo con la mierda, incluso con la ventana abierta. No es una tarea que me corresponda, pero bueno, por una vez, y por cuestión de supervivencia, lo hago.

Durante la primera semana me dediqué a abrir cajas, colocar libros en estanterías y estornudar. El técnico de informática llegó, formateó el disco duro sin mayores contemplaciones y sin hacer copia de seguridad (“seguro que ya las hizo el dueño anterior”). Tratamos de instalar el programa de la Xunta con el que voy a catalogar. Ocupa casi todo el disco duro. Problema: cuando empiece a hacer mi trabajo no voy a poder grabar demasiados datos porque se me va a colapsar el disco duro. Vuelvo a informar de la situación. Se va a valorar la posibilidad de comprar un ordenador, e incluso de contratar una conexión a internet.

Sigo trabajando. Nadie viene a limpiar. Los libros tienen bichos. De las vigas de madera del techo caen bichos. Empecé a tener serios problemas de alergias a picotazos de bichos aleatorios: reacciones locales aumentadas, me dicen que se llaman. Tres veces a Urgencias a que me pongan Urbason. Antihistamínicos a saco. Todo el día dormida. Pero sigo trabajando.

Por fin llega el ordenador nuevo. Lo trae un “operario” del Ayuntamiento que está suspendido de empleo y sueldo por abuso de funciones, pero al que se la han encomendado otras tareas gracias a sus contactos. Me encomienda el cuidado del ordenador “como si fuera mi propio hijo”… Problemas con el volcado de datos. Instalación de la nueva versión del programa. ¡Conexión a Internet! Para conectarme tengo que entrar en el despacho de las chicas de abajo. Encender el router. Subir a la biblioteca, y rezar para que la Wifi funcione, porque la placa de hormigón que hay entre mi piso y el de abajo, parece que se come la cobertura.  Parece que por fin puedo trabajar un poco decentemente.

Se le encomienda la limpieza de la biblioteca a dos individuas del servicio de limpieza del Ayuntamiento. Nada más llegar me dicen que a ellas no le compete limpiar ahí. Que vienen cansadísimas de limpiar 2.000 metros cuadrados de otro edificio municipal (dudo que que haya algún edificio municipal en este Ayuntamiento que ocupe semejante superficie). Les digo que yo no pedí que vinieran. Me berrean que yo no soy nadie para pedir nada. Les digo que no, que vale, pero que yo no las mandé venir, y que me llega la mierda a las orejas. Nos miramos desafiantes. “Hacen” su trabajo y se van. Durante todo el tiempo que duró la beca, venían a limpiar una o dos veces a la semana como máximo. Los primeros días me iba a tomar el café mientras ellas estaban allí. Luego opté por quedarme, porque si me iba se largaban en 5 minutos. Seguían las miradas desafiantes.

Yo mientras tanto, a lo mio. Feliz el primer mes con mi cheque de 600€ en el bolsillo. Trabajando lo que podía con los medios que tenía. Pegándome paseos hasta la biblioteca de la que dependía, porque tenía conexión a internet pero no tenía teléfono. Y cuando me cansé de gastar el saldo de mi tarjeta llamando, pues me iba a pie en mi hora del café. Descubrí entre los libros dibujos originales de Luis Seoane (gran amigo del dueño de la biblioteca), dedicatorias de Santiago Carrillo (gran amigo del dueño de la biblioteca), dedicatorias de Francisco Ayala (más que amigo del dueño de la biblioteca)… y así de gente más que conocida.

Y entonces… entonces se me ocurrió tener ideas. Se me ocurrió que podríamos ponernos en contacto con la Fundación Luis Seoane, tal vez con Carrillo que estaba de vacaciones por estos lares en aquel entonces; sería publicidad para la biblioteca. Quizás dinero a través de la Fundación Luis Seoane, o cuando menos colaboración con ellos. Respuesta: una media sonrisa como queriéndome decir “qué ingenua eres” pero sin decírmelo, y un escueto: “demasiado trabajo”. Cuando por mi cuenta y riesgo intenté hablar con el entonces alcalde de la situación de la biblioteca, me encontré con un “no hay dinero” y un manifiesto desinterés por su parte. A todo esto, el principal interesado en traer esa biblioteca al pueblo fue él, porque alguien le dijo que quizás ganaría votos. Puso todo su empeño ello, renovó el cargo, y pasados dos años la viuda del dueño de la biblioteca, llamó para preguntar si alguien tenía pensado ir a recoger los libros, o los tenía que desempaquetar y colocarlos de nuevo en las estanterías.

Con mi gozo en un pozo volví a mi trabajo. Era materialmente imposible ordenar, catalogar y clasificar la totalidad de los libros en 4 meses: “importa los registros de la BNE”. Ya empezaba a darme todo un poco igual, así que me puse a importar registros cuando me funcionaba la Wifi y a catalogar a mano cuando no disponía de otras tecnologías.

Llegado el mes de agosto, mi jefe se fue de vacaciones. La persona que ocupó su puesto al mando de la biblioteca no tenía ni idea de nada, aún después de muchos años allí trabajando. Ni idea de cómo funcionaba una CDU, ni idea de como funcionaba el programa de catalogación ni de cómo resolver mis dudas al respecto, ni idea de nada… Desesperación absoluta durante un mes. De todas formas salí adelante, trabajé, catalogué todo, sellé uno a uno todos los libros, seguí peleándome con las de la limpieza, que si se pasaban por el forro las indicaciones de mi jefe, ni qué decir de lo que hacían con cualquier cosa que le pudiera decir la persona que dirigía la biblioteca en vacaciones. Amablemente me dejaron dos bayetas para que yo limpiara si lo veía necesario. Y otra vez a pedir los útiles de limpieza de las chicas de la planta de abajo.

Coincidiendo con las fiestas patronales, la biblioteca municipal cerró durante una semana. Yo también tuve vacaciones. Mientras tanto una empresa especializada en el tema fumigó “mi” biblioteca para acabar con todos los bichos que caían de las vigas. El día de vuelta al trabajo tenía que llegar dos horas más tarde de mi horario habitual, tiempo en el cual los servicios de limpieza del Ayuntamiento tendrían que hacer su trabajo y dejarme el lugar de trabajo libre de los restos de la fumigación… Ja! Al llegar me encontré todavía en la puerta el precinto que habían dejado los de la empresa. Llamada a mi jefe, informe de la situación, respuesta: “pues quita el precinto y entra con cuidado”… Fuera precinto, apertura total de ventanas, oración para no mutar o sufrir daños radiactivos, solicitud de préstamo de útiles de limpieza a las chicas del piso de abajo, limpieza básica para sobrevivir, un recogedor de polvo lleno de bichos y toda superficie que tocase, pegajosísima.

Hasta las entretelas de todo, hice lo poco que quedaba por hacer. Coloqué los libros definitivamente en las estanterías, por orden alfabético. Puse cartelitos en cada estantería para que se pudiera identificar la temática de los libros. La última semana vinieron a poner persianas para que el sol no dañara los libros (después de haber pasado todo el verano con los cristales al aire). Y de pronto llueve, y una inmensa gotera chorrea por encima de una de las estanterías. Desalojo de libros, que acabaron repartidos encima de sillas, y para colmo, me envían de ayudante a un voluntario, que nadie sabe cómo llegó allí, ni por qué, y que en lugar de ayudarme me desayudaba y me desquiciaba, porque no abría la boca en las 8 horas de trabajo.

Al final de mi tiempo de becaria, con todo el trabajo hecho, en lugar de sentirme satisfecha me sentí asqueada. A nadie le importó el trabajo que hice.

Mi jefe, ante cualquier pregunta que yo hiciera respondía invariablemente: “haz como veas”. Y durante cuatro meses sólo se dejó caer 2 veces por la biblioteca, la última, cuando le rogué que por favor viniera porque yo ya me iba y quería explicarle cómo había dejado organizado todo. Ya he contado lo de las persianas. Cuando yo me fui aún no habían arreglado las goteras. Los servicios de limpieza me ignoraron ampliamente, cobraron a fin de mes, y sin embargo yo hice el trabajo. No creo que pueda recordar, ni siquiera esforzándome, quién era entonces el titular de la Concejalía de Cultura: jamás se preocupó de aparecer por allí ni de mostrar el mínimo interés por tener una increíble biblioteca personal y especializada en el pueblo.  Biblioteca que por cierto, está cerrada, ya que no hay personal para atenderla. Y lo mejor de todo, fue no cobrar nada durante 3 meses, porque la señora interventora del Ayuntamiento que se llevaba fatal con mi jefe, no firmó la salida de mi dinero hasta que en el mes de noviembre (uno después de acabar de trabajar) y finalizada mi paciencia, se me ocurrió protestar seriamente.

Y diréis: ¿por qué esta parrafada? Pues para decir que a mi no me hizo falta el 15M para desencantarme, porque aunque fuera a muy distinto nivel, yo ya estaba desencantada desde hace mucho tiempo. Porque en este país de mierda, y ya no digamos en los Ayuntamientos pequeños llenos de caciques, la cultura le importa un bledo a todo el mundo. Todo le importa poco a nuestros políticos con tal de llevarse los votos. Pero no se olviden señores: un país sin cultura, sin gente con formación, sin un mínimo de conocimientos, es un país con mano de obra barata que se va a ir al carajo mucho más rápido de lo que piensan todos.

Estoy indignada.

He dicho.

Gil de Biedma. Exorcizando viejos demonios.

Será la edad. Seré yo. Quién sabe. Nunca hasta ahora me había parado a pensar tanto en la vida. En el por qué. En el destino. En la irracionalidad. Hace ya una temporada que voy dando carpetazo a muchas cosas.  Pienso en ellas: en por qué llegué a vivirlas, en cómo las viví, de qué me sirvieron, qué lección puedo aprender de todo ello, y las guardo. Lejos. Pero cerca también.  Para recordar aquello que me ha hecho como soy.

Hace dos días que se ha celebrado el Día Mundial de la Poesía. Cuánto tiempo que no escribía poesía… Hay quién escribe cuando está derrotado. Sufriendo. Lleno de dolor o de angustia. Yo, al revés del mundo (para variar), necesito estar bien para escribir. Y ya había perdido la costumbre.

Y aunque he vuelto a escribir, hoy, sin embargo,  subo al blog para celebrar el Día Mundial de la Poesía al gran Gil de Biedma. Un poeta que odié en COU (básicamente porque había que estudiarlo a toda prisa, al final de curso), al que luego decidí conocer por mi cuenta y al que finalmente admiro, porque cuando uno lo conoce, no lo queda otro remedio…

Esta poesía me ha traído algún disgusto. Hoy está aquí para dar carpetazo al disgusto. Y porque a fin de cuentas, Jaime, no tiene la culpa de nada.

CONTRA JAIME GIL DE BIEDMA

De qué sirve, quisiera yo saber, cambiar de piso,
dejar atrás un sótano más negro
que mi reputación —y ya es decir—,
poner visillos blancos
y tomar criada,
renunciar a la vida de bohemio,
si vienes luego tú, pelmazo,
embarazoso huésped, memo vestido con mis trajes,
zángano de colemena, inútil, cacaseno,
con tus manos lavadas,
a comer en mi plato y a ensuciar la casa?

Te acompañan las barras de los bares
últimos de la noche, los chulos, las floristas,
las calles muertas de la madrugada
y los ascensores de luz amarilla
cuando llegas, borracho,
y te paras a verte en el espejo
la cara destruida,
con ojos todavía violentos
que no quieres cerrar. Y si te increpo,
te ríes, me recuerdas el pasado
y dices que envejezco.

Podría recordarte que ya no tienes gracia.
Que tu estilo casual y que tu desenfado
resultan truculentos
cuando se tienen más de treinta años,
y que tu encantadora
sonrisa de muchacho soñoliento
—seguro de gustar— es un resto penoso,
un intento patético.
Mientras que tú me miras con tus ojos
de verdadero huérfano, y me lloras
y me prometes ya no hacerlo.

Si no fueses tan puta!
Y si yo supiese, hace ya tiempo,
que tú eres fuerte cuando yo soy débil
y que eres débil cuando me enfurezco…
De tus regresos guardo una impresión confusa
de pánico, de pena y descontento,
y la desesperanza
y la impaciencia y el resentimiento
de volver a sufrir, otra vez más,
la humillación imperdonable
de la excesiva intimidad.

A duras penas te llevaré a la cama,
como quien va al infierno
para dormir contigo.
Muriendo a cada paso de impotencia,
tropezando con muebles
a tientas, cruzaremos el piso
torpemente abrazados, vacilando
de alcohol y de sollozos reprimidos.
Oh innoble servidumbre de amar seres humanos,
y la más innoble
que es amarse a sí mismo!

 


Definiciones

Pulsaciones. Suave. Calor. Mariposas. Ternura. Latidos. Nervios. Entrega. Pasión. Caricias. Dulce. Sonrisa. Deseo. Carcajada. Miradas. Rubor. Noche. Sol. Mar. Sueños. Feliz. Libre. Locura. Incondicional. Nuevo. Siempre. Vida. Futuro. Besos. Sensación. Ilusión. AMOR.

Sursum Corda

Hace un año me desperté deseando que el 2010 fuese radicalmente distinto al 2009. Pedí felicidad. Y aunque me ha sido difícil llegar a ella, parece que la he encontrado. Muchos me habéis oído decir que soy una mujer nueva, una Tania 2.0. Y mi trabajo me ha costado.

El primer día de este año que hoy acaba lo empecé como tantos otros del final de 2009: llorando. Viviendo una relación que me machacó anímica y psíquicamente. Que me hundió. Lo peor de todo es la conclusión que obtengo echando la vista atrás: la culpa fue mía por haber aguantado tanto. Por no haber acabado de raíz y desde el principio con aquello que me hacía daño. Pero sin embargo resistí. Aún cuando todo el mundo  a mi alrededor me decía que lo dejara… A veces, desde dentro, es más complicado ver las cosas. Yo me despertaba y por una fracción de segundo quería creer que las cosas no eran como estaban siendo. Pero la realidad me golpeaba continuamente. Y todos los días, a lo largo del día, pensaba: esto no puede estar pasando, esto va a cambiar, seguro que todo se va a arreglar…

No se arregló. Así que acabé atrapada en una espiral de crisis de ansiedad, antidepresivos, ansiolíticos, angustia, desesperación, y humillación personal. Porque pensándolo desde la distancia, yo misma me humillé más de lo que pudo hacerlo nadie. Y eso sí que provoca dolor, un dolor intenso e inmenso, inimaginable.

El estado psíquico-anímico se reflejó en el estado físico. Mi sistema inmunitario se debilitó hasta el extremo de hacerme pasar por dos bronquitis, manchas en la piel de las que se desconocía su origen, un número incontable de gastroenteritis, una mandíbula que gracias a la tensión no se abría ni siquiera para poder masticar un “bollycao” y finalmente una contractura que me provocó una rectificación cervical dolorosísima y que no me permitía moverme, hasta tal punto que mi padre o mi hermano se veían obligados a ayudarme para poder levantarme de la cama o del sofá, porque yo sola no podía.

Hasta que un día, tal vez a causa del instinto de supervivencia, o tal vez a causa del hartazago, mi cerebro hizo “clic”. Y decidí que ya estaba bien. Y la decisión fue dura, durísima. Se acababa una etapa de 6 años de mi vida. Pero la disyuntiva tampoco dejaba más margen de decisión: o la vida, o morirse.

Aunque al principio fui muy reacia a ello, finalmente acabé en la consulta de un psiquiatra. Medicada. No me hizo ni un poco de gracia. Pero aquella medicación me dio la vida. Me permitió respirar. El psiquiatra me derivó al psicólogo. Y ahí sí que tuve mucha suerte aunque no me hiciera tampoco ni un poco de gracia. Me encontré con una persona que me dio una visión radicalmente distinta de las cosas a la mía. Que me obligó a preguntarme cosas que estaban delante de mis narices pero en las que no pensaba. Que me arreó la colleja (virtual, se entiende) que necesitaba para espabilar. Y a partir de ahí todo cambió.

El camino fue duro, pedregoso, lleno de obstáculos, de malos momentos. En el camino he perdido a gente que apreciaba de verdad. En el camino se lo he hecho pasar mal a gente que me quiere.

A mis padres, que no entendían lo que pasaba.

A Fran, que antes de ser mi novio fue un gran amigo y que aparcó su dolor, mucho más intenso que el mío (por irremediable), para darme su apoyo, en cualquier momento, hora o lugar. Que recogió mis trocitos cuando después de acabar con todo lo que me hacía daño me encontré vacía y sin ganas de seguir adelante. Que me devolvió la ilusión perdida. La energía. La cercanía de nuevo a cosas en las que había dejado de creer. Que todos los días me regala un amor maravilloso e inmenso, sin condiciones, generoso, eterno… como yo siempre imaginé que sería el amor. Que me da paz. Que me hace sonreír.

Hoy he querido echar la vista atrás y observar mis vivencias a lo largo de este año. Y sentirme orgullosa de haber sobrevivido. Y dar gracias por todo lo bueno que he tenido y tengo en este año. Y decidir no volver a mirar atrás, sino siempre hacia adelante. Y dejar constancia de que por muy mal que parezcan ir las cosas, al final, siempre hay una solución, aunque para llegar a ella tengamos que derramar muchas lágrimas.

Así que, Feliz Año Nuevo para todo el mundo! Que el 2011 venga lleno de felicidad y cosas buenas. Y aunque esta es una frase que creo que ya he dicho en estos días: gracias a todos los que habéis estado ahí, por vuestro apoyo. Y gracias a los que habéis llegado a mi vida recientemente, por haberme recibido así de bien.

Sursum Corda!

Calendario

Enero.

Me quiero morir. Esto no es una vida. Es un infierno.

Febrero.

Lo único que quiero es morirme ya.

Marzo.

Me he muerto. No hay nada por lo que merezca la pena vivir.

Abril.

No, no me he muerto. Pero tampoco quiero vivir.

Mayo.

Respiro. Sonrío. Sigo viva aunque me cueste.

Junio.

Vivo. Sonrío con más ganas que nunca en este año.

Julio.

Sigo viviendo. Cada vez con más ganas. Sonrío más y más.

Agosto.

VIVO. Suelto lastre. La vida ya no es un trabajo. Es puro placer.

Septiembre.

Viviendo. Deseando que los días no se acaben.

Octubre.

Soy feliz. Mi amor es un regalo maravilloso.

Noviembre.

Sonrío. Una vez y otra vez y otra más. No puedo dejar de ser feliz.

Diciembre.

VIVO. VIVO. VIVO. VIVO. ESTOY VIVA! SOY FELIZ!

Vinicius de Moraes: Soneto de fidelidade

De tudo, ao meu amor serei atento
Antes, e com tal zelo, e sempre, e tanto
Que mesmo em face do maior encanto
Dele se encante mais meu pensamento.
Quero vivê-lo em cada vão momento
E em seu louvor hei de espalhar meu canto
E rir meu riso e derramar meu pranto
Ao seu pesar ou seu contentamento.
E assim, quando mais tarde me procure
Quem sabe a morte, angústia de quem vive
Quem sabe a solidão, fim de quem ama
Eu possa (me) dizer do amor (que tive):
Que não seja imortal, posto que é chama
Mas que seja infinito enquanto dure.

——————————————————

De todo, a mi amor estaré atento
Antes, con tal celo, y siempre y tanto
Que, aún enfrentando el mayor encanto
Más ha de encantarse mi pensamiento.
Quiero vivirlo en cada vano momento
Y en su honor esparcir mi canto
Y reír mi risa y derramar mi llanto
Con su pesar, con su contento.
Y así, cuanto más tarde me procure
Quién sabe la muerte, angustia de quien vive,
Quién sabe la soledad, fin de quien ama,
Pueda decirme del amor (que tuve):
Que no sea inmortal, puesto que es llama,
Pero sí infinito, por cuanto dure.

Todo lo demás es nada

Cuando una simple mirada te hace soñar. Cuando una caricia hace que tu piel renazca. Cuando un beso inunda tu cuerpo de calor. Cuando las horas multiplican sus segundos o reducen drásticamente sus minutos en función de quien tengas a tu lado. Cuando un ejército de mariposas furiosas aletea en tu estómago. Cuando una aparición a deshora te hace la persona más feliz del mundo. Cuando un sofá y una manta son todo lo necesario para pasar las mejores horas del día. Cuando un abrazo cálido te devuelve a la vida. Cuando no importa dormir menos horas para seguir hablando un rato más. Cuando unos labios susurran en tu oído un “te amo”… Cuando todo esto es tu día a día, todo lo demás es nada…

No me gusta

No me gustan los pistachos, ni las almendras, ni las avellanas, ni las uvas pasas, ni los higos pasos, ni los mazapanes, ni los polvorones, ni los dulces de Navidad. No me gusta el jamón serrano, no me gustan los grelos, no me gusta la “cacheira”, no me gusta el lacón, no me gusta el caldo gallego, no me gusta la carne de los callos, no me gusta la grasilla de las chuletas de cerdo, no me gustan las chuletas de cordero, no me gusta el cordero en sí mismo, no me gusta la ternera, no me gusta el hígado (ni encebollado ni sin encebollar), no me gusta el pollo cocido, no me gusta la carne de buey, ni la de caza, no me gusta el marisco (salvo los langostinos, cigalas, almejas y berberechos), no me gustan los plátanos, ni las manzanas (salvo que sean muy ácidas), no me gustan los caquis, no me gustan las naranjas, no me gustan las granadas, no me gustan los “péxegos”, no me gusta el flan de huevo, no me gusta la comida precocinada ni recalentada, no me gusta el pescado hervido, no me gusta la lengua de ternera, no me gustan los riñones, pero soy capaz de comerme un plato de tripas, no me gustan los chorizos caseros, no me gustan los yogures naturales, no me gustan los dulces, no me gustan los anacardos, no me gusta la mantequilla, no me gusta la tortilla poco hecha, no me gusta la morcilla, no me gustan los pepinillos, no me gusta la lechuga si no la lavo yo, no me gusta la comida sin sal, no me gustan las infusiones sin azúcar, no me gustan los toffes, no me gustan los caramelos de anís, no me gustan las filloas con anís, no me gustan los pimientos de Padrón (ni que piquen, ni que no), no me gusta la carne asada, no me gusta la carne poco hecha, no me gusta el Cola-Cao sin azúcar, no me gusta la manzanilla (porque me hace vomitar), no me gustan las croquetas ni las anillas de calamar si no son hechas en casa, no me gustan las nabizas, no me gusta el vino, no me gusta la cerveza… no me gusta que me pregunten: ¿cómo no te puede gustar eso?.

Será que soy rara?