Deriva

Otro de los trabajos del Taller de Escritura del CBA. David nos pidió que oyendo esta canción escribiéramos lo que nos inspiraba. Vaya por delante que yo no soy nada fan de Vetusta Morla y generalmente no me inspiran gran cosa 🙂

Hoy me he levantado, por fin, libre de todas las cuerdas que ataron a ti. He cogido impulso con mis pies y he subido hasta la superficie de ese estanque frío y viscoso en que me habías confinado a vivir.
No me vas a volver a matar.

Ya no. 

A lo largo del tiempo infinito en que fui tuya, dejé de apreciar hasta la calidad del aire, del agua que arrugaba mi piel. Las caricias que soñaba no fueron más que eso: sueños, porque en la realidad, en ese mundo en que tus tentáculos lo abarcaban todo, se convertían en latigazos que rasgaban de arriba a abajo mi voluntad. No me vas a volver a controlar.

Ya no.

Caricias de verdad, de las que curan el alma sin proponérselo, me hicieron ver mi muerte
inminente. Ya la vida no es más feliz porque tú la definas. Mi vida no.
He pasado miedo. He conocido la angustia, la frialdad de tus ojos impíos, que me ahogaban robándome el poco aire que llenaba mis pulmones.
Pero ya no me vas a volver a matar.

Ya no.

Tus ansias asesinas han conseguido exactamente lo contrario a lo que te proponías. En el único momento en que me permitiste elegir, decidí salvarme. Y ahora respiro. Y mis pulmones están henchidos, y mis ojos limpios y mi pulso es firme.
He escuchado voces amigas llamándome desde la superficie, pero si decidí empezar a deshilachar los cabos de tus cuerdas, fue por mí. Para mí. Y así poder flotar en la superficie. Y dejar que los rayos del sol me cieguen de nuevo, y que las piedras que alguien tire al agua provoquen olas que me lleven a donde ellas quieran.
Porque allí ya no estarás tú. Allí, sólo seré yo.

Recuerdos de la infancia

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Los días de verano, cuando no levantaba poco más que un palmo del suelo, estaban llenos de múltiples posibilidades que la monotonía del invierno no me permitía disfrutar. Mamá estaba en casa todos los días, lo cual era digno de apreciar. Dejaba de dar clase a un montón de criaturas que yo no conocía, y durante 3 meses era nuestra por completo. El abuelo también pasaba mucho tiempo con nosotros, involucrándonos en todos y cada uno de sus proyectos chapuceros. A lo largo de muchos veranos aprendimos a hacer infinidad de cosas a las que, hasta día de hoy, no les hemos sacado partido, pero que nos resultaban de lo más fascinantes. Fabricamos espumaderas con los tubos de la estructura del cochecito de alguna de mis muñecas. Hicimos tenedores y cucharas de madera. Acoplamos un motor de lavadora a una tolva para prensar las uvas y hacer vino.  Arreglamos mecanismos de reloj. Llevamos la luz eléctrica hasta el gallinero, que se convirtió en el gallinero más modernizado de la aldea, con tres bombillas, una para cada una de las habitaciones del mismo, que se podían encender desde la cocina de casa gracias a un conmutador. Incluso nos sacamos de la nada un flotador para controlar el nivel de agua del depósito que abastecía la casa.

La abuela, como siempre, estaba plantando algo: tomates, pimientos, lechugas, cebollas, judías, zanahorias. En todo momento parecía haber alguna mala hierba que arrancar, y esa solía ser nuestra función, puesto que no estábamos autorizados a tocar al resto de las plantas. Únicamente dejábamos de ser intrusos en sus dominios cuando llegaba la hora de recoger la cosecha de cualquiera de sus plantaciones. Sobre todo cuando llegaba el turno de las patatas, día en el que todos los habitantes de la casa nos afanábamos en desenterrar los tubérculos y llevarlos en cestos de mimbre hasta su lugar definitivo de conservación.

Sin embargo, si algo anunciaba que el verano empezaba oficialmente, al menos para mi, era el momento en que por primera vez en el año escuchaba el sonido de la caracola de mar. Entonces, corría a buscar mi cubo de la playa, mi gorro con volante para protegerme del sol y me cogía de la mano de mi abuela, que me agarraba firmemente para asegurarse de que caminaba a su lado. El sonido se hacía cada vez más nítido mientras caminábamos hacia él. Y por fin, cuando el camino se acababa para tropezar con la carretera, llegábamos a destino. Allí estaba don Genaro, con su furgoneta llena de pescado fresco, llamándonos a todos con el sonido de la caracola, cual flautista de Hamelín moderno. Me sonreía con sus dientes mellados y me preguntaba, invariablemente: ¿Qué pescado vas a querer?. Y yo invariablemente me encogía de hombros, porque a mi edad no era capaz de distinguir entre tantos cadáveres oliendo “a frescura” (como decían mis vecinas). Así que él, sin dejar de sonreírme y acariciando con descuido mi cabeza por encima del gorro de tela, deslizaba en el cubo de la playa un pescado de los que había escogido mi abuela para comer. En ese preciso instante, cuando el cuerpo resbaladizo que me iba a zampar a mediodía pasaba a ser de mi propiedad, yo daba por inaugurado el verano.