Amor y odio. Madrid.

El tiempo pasa volando. Y a lo tonto, a lo tonto, ya llevamos 2 años en Madrid. ¡Qué diferente todo de lo que pensaba que iba a ser!. Yo conocía Madrid “a ratitos”. Viajes cortos de una semana en los que no paras porque lo quieres ver todo. ¡Cuántas cosas por hacer en esta ciudad!. Museos, exposiciones, bares/tiendas de toda la vida, comprar ropa en tiendas que no hay en tu ciudad, salir de la Fnac con una cantidad ingente de libros que al final te leerás en menos tiempo del calculado.

Vivir aquí permanentemente no es, ni de lejos, parecido. Sí, hay muchas cosas para hacer, pero al final siempre te acaban costando un dinero que estará mejor invertido en comer o en pagar el alquiler todos los meses. Es inviable ir a comprar libros a la Fnac todos los días. Permitirse un piso en el Madrid bonito que vas a ver cuando estás de visita, es más inviable todavía. Así que acabas viviendo en otros barrios, que no se diferencian demasiado unos de otros y que no tienen nada de bonito. Son moles y más moles de edificios, si no iguales, parecidos, todos cubiertos por una pátina gris del humo de los coches.

Sí, el transporte en Madrid, sobre todo para los que venimos de sitios donde hay un bus a cada hora, es la releche. También es la releche el tiempo que te puedes pasar en el metro/bus/tren para llegar a un sitio. Medio día perdido en ir de un lado a otro. Tener coche tampoco es la solución. El tráfico es una locura, ya no digamos si llueve. Si quieres aparcar, o sales rezando de casa, o pagas un parking. O una plaza de garaje (aquí son “garages” casi todos). O solicitas zona de residente. O te peleas con los nuevos parquímetros.

En Madrid hace frío, pero los que venimos del norte lo notamos bastante menos que los de aquí. No hay humedad, así que cuando ves a todo el mundo con mantas encima y tú estaś sudando debajo del abrigo, te preguntas si tendrás roto el termostato. En Madrid hace mucho calor. Muchísimo. El verano, para los que venimos del norte, es la muerte. Son meses en los que lo más que haces es vegetar, moviéndote lo menos posible a lo largo del día, y asomando la nariz a la calle cuando Lorenzo ya no quema.

Madrid es una ciudad cruel para los pequeños y para los mayores. Es cruel, en general, por su ritmo de vida. Ver a los abueletes en el bus, o en el metro, sujetándose como pueden para que la velocidad de esos monstruos no los acabe tirando en el pasillo, o contra las paredes, o contra otros viajeros, es todo un espectáculo. (Sí, los buses y los metros tienen asientos. No, la gente no siempre les cede el sitio para que vayan más cómodos o seguros). Ya no digamos cuando tienen que cruzar 6 carriles para ir de una acera a otra y cuando aún van por la mitad empieza a parpadear el puñetero muñequito verde del semáforo diciéndoles que se les va a acabar el tiempo.

El mito de que en Madrid se come el mejor pescado y el mejor marisco es mentira. Bueno, tal vez en los restaurantes en los que te cobran sólo por mirar el cristal de la puerta, sea verdad. En el mercado no se ven tales cosas. Tal vez es que estamos mal acostumbrados. Tal vez tenía razón Isabel cuando dijo que ser de Galicia supone un handicap para comer cuando sales fuera. Ir al mercado cuando estás en casa, a unos metros del mar, y ver los pescados todavía vivos, saltando en las cajas, y luego llegar aquí y que te digan que ese pescado chuchurrío con los ojos rojos está fresquísimo, es para mear y no echar gota. No digamos cuando se empeñan en venderte pimientos de Padrón tamaño pimiento morrón. O cuando te dicen que las berzas están buenísimas y a tí te entran ganas de llorar pensando que si las ve tu abuela, las destinaría a estiércol y ni siquiera las consideraría aptas para que se las coman las gallinas.

Madrid, sin embargo, también te atrapa. Caminar por la calle Alcalá y por Gran Vía es toda una experiencia visual. Ahí están algunos de los edificios más bonitos de la ciudad. Las preciosas esculturas en sus azoteas. Todavía no vi nada que me gustara más que las cuádrigas sobre el imponente edificio del BBVA. Están casi parejas en la lucha con el edificio Metrópolis, pero ganan ellas.

En Madrid puedes romper con tu promesa de no pisar jamás el Bernabéu porque vienen The Rolling Stones. Y sientes las gradas vibrar bajo tus pies y flipas, aunque estés sentando el culo en el mismo sitio que algún merengue. En Madrid puedes ver a Rosendo en Las Ventas y soportar 3 horas de incomodísimo asiento, rompiendo la promesa de no pisar jamás una plaza de toros. Y rugir con las otras 17.000 almas que allí se encuentran y pensar que es el mejor concierto en el que has estado nunca. En Madrid puedes ver el Guernica y que se te caiga el alma a los pies con la sensación de pobreza que transmite, y luego puedes cruzar la calle y ver a Goya, y reconciliarte con el arte.

Puedes caminar por el Barrio de las Letras y encontrate a Reverte. Cenar en el Café Central mientras escuchas increíble jazz en directo. Asustarte con la cabra de colores de la Plaza Mayor, esa en la que se perdió Chencho (aunque haya generaciones que ya no lo sepan). Puedes reconocer las calles por las que caminaron los personajes de Fortunata y Jacinta, en las que seguro que no había por entonces una tienda de souvenirs o un KFC. ¡Qué emoción encontrarse la chocolatería en el pasadizo de San Ginés e imaginarte allí a Max Estrella con su “cráneo previlegiado”!. Y qué bonita la calle Arenal, el Teatro Real, el Palacio Real y sus jardines…

En fin, Madrid es una ciudad donde lo bueno y lo malo se dan la mano desde los extremos. A veces la quieres. A veces la odias. Y no puedes dejar de pensar que está bien para vivir una temporada, pero no para toda la vida. Será porque a terriña sempre tira.

( Las fotografías son del blog http://matavistas.blogspot.com.es)