Más es la bulla

Mis escritores preferidos siempre me conquistaron en verano. En esas tardes que no deberían haber sido ociosas pero en las que buscaba cualquier cosa que hacer en lugar de estudiar para los exámenes de septiembre.

Gabriel García Márquez, sin embargo,  llegó en primavera. Recuerdo perfectamente estar en clase de Literatura Española de C.O.U. Creo que era lunes. En la mesa, recién comprado y sin abrir todavía, estaba “Crónica de una muerte anunciada”. Esa frase de inicio “El día que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo.” fue el inicio de una fervorosa admiración por mi parte hacia la obra de Gabo. Esa manera de contar la historia, empezando por el final, desvelándonos a todos que cualquier cosa que leyéramos a lo largo de aquellas páginas no nos permitiría tener un mínimo de esperanza por la vida de Santiago. Aquella sucesión de circunstancias trágicas narradas sin esfuerzo y con aquella atmósfera tan real e irreal a la vez. ¡Qué descubrimiento! ¡Qué nulo esfuerzo fue el que tuve que hacer para leer aquel libro!

Llegado el verano, devoré “Cien años de soledad”. El ejemplar de Círculo de Lectores que llevaba años dando tumbos por las estanterías del salón, fue trasladado con honores a mi habitación. La sucesión de Josés, Aurelianos, Arcadios, Úrsulas y Amarantas me atrapó de tal manera que cuando terminé su lectura, empecé de nuevo, esa vez con papel y lápiz al lado para ir dibujando el árbol genealógico de la familia Buendía.

Sin embargo, por encima de todos los libros que he leído y por encima de todas las demás obras de García Márquez, “El amor en los tiempos del cólera” es la mejor novela, la historia de amor mejor contada, la mejor obra de la literatura universal. Florentino Ariza enclenque y desangelado, pasado de moda, enamorado apasionado, incondicional, tocando el violín en la colina y comiendo gardenias, metiéndose en la cama de todas y amando solo a una. Fermina Daza, impasible, dura, injusta y egoísta. Juvenal Urbino, innovador y mundano, atrapado en una ciudad tropical. Todos los personajes secundarios: Tránsito Ariza, Lotario Thugut, la Viuda de Nazaret, Lorenzo Daza, la tía Escolástica, los cuervos perfumados que aletean en el patio, los mastines, el loro subido al mango, Jeremiah de Saint-Amour y su perro… Todos ellos forman parte de un mundo increíble y deseable, mágico y terrenal a la vez, impresionante y maravilloso.

El título de este blog, es una frase de Fermina Daza. Vaya desde aquí este pequeño y humilde homenaje a García Márquez.

“Mi Habana nunca soñada”. (Artículo en la revista Infobibliotecas)

¡Mi artículo! ¡En una revista! ¡Qué ilusión! 🙂


Chan Chan
 (Banda sonora recomendada para la lectura del artículo)

 Una tarde de verano, de hace 6 años, el calor abrasador del agosto de Madrid me llevó a la tercera planta de la Fnac de Callao en busca de algo de aire acondicionado. Revolviendo entre las estanterías de libros de bolsillo (lo único que me permitía mi exiguo presupuesto) me encontré con Trilogía Sucia de La Habana. Un autor que no conocía de nada y un título sorprendente. Sorprendente para mi, que nunca habría asociado el calificativo de “sucia” a La Habana, a esa Cuba que siempre soñé mágica, ese mundo lejano donde vivió mi abuelo emigrado, el señor de pelo engominado, traje blanco y sombrero en la mano delante del Capitolio. Yo no sabía en mi infancia lo que era una plantación de caña de azúcar, pero sabía que mi abuelo trabajó en una, y que allá en los años tempranos del siglo XX llegó a tener coche gracias a ello. Cuba era, en mi imaginación, un lugar lleno de música, sol y sonrisas, seguramente gracias a la influencia de las historias escuchadas a retazos en una cocina y a un disco de Compay Segundo que cayó en mis manos, también por casualidad, años antes, en plena Selectividad.

A través de los relatos de Pedro Juan descubrimos una Habana donde el sol no es tan reluciente, y Cuba ya no es un paraíso. Sus historias descarnadas nos llevan a través de una ciudad destrozada. No hay dinero, no hay comida, no hay trabajo, no hay viviendas dignas porque no hay con qué arreglarlas. Pedro Juan vive en cuartos pequeños, en edificios a punto del derrumbe, ocho, diez pisos sin ascensor, gente hacinada en espacios minúsculos, muchas veces sin electricidad, muchas veces sin agua para asearse, con baños compartidos por más de cicuenta personas y con una permanente peste a mierda. Siempre hay peste a mierda, en los portales de los edificios, en las escaleras, en el baño, en los cuartos donde vive la gente que no se asea. En algún momento afirma: “ya me estaba acostumbrando a muchas cosas nuevas en mi vida. Me estaba acostumbrando a la miseria.”

Pero en medio de tanta peste a mierda, Pedro Juan siempre tiene un momento para el optimismo, sin dejar de ser crítico con todo lo que le rodea. La vista desde la terraza donde está su cuarto, el Malecón, el océano, el cielo, una mulata guapa, una botella de ron, un tabaco y música parecen ser suficientes para soportar la vida.

Buena Vista Social Club nos lleva por las mismas calles destrozadas de La Habana. Las fachadas de los edificios son manchones desconchados de colores aleatorios, los coches antiguos son fantasmas de otros tiempos que circulan entre monstruosos autobuses de siluetas deformes, los artistas que salen en la pantalla reflejan en sus rostros la dureza del día en el que viven, ese día a día lleno de peste a mierda, lleno de una falta total de reconocimiento hacia ellos. Personalmente, me parece impactante el momento en que Ibrahim Ferrer cuenta cómo vivía limpiando zapatos, y cómo no le avergonzaba en absoluto decirlo, porque tenía una familia que mantener.

En los relatos de Pedro Juan aparecen personajes que podríamos identificar con los protagonistas de Buena Vista Social Club, habitantes de una ciudad antaño próspera, donde llevaban una vida que suponemos confortable y que ahora se ven igualados con el resto de sus habitantes por obra y gracia de una pobreza impuesta por la irracionalidad.

Sin embargo, tanto en Trilogía Sucia de La Habana como en Buena Vista Social Club, la sensación nunca es desesperanza, ni de tristeza. Pedro Juan sobrevive viviendo la vida, con sus trabajos varios, dando bandazos entre la legalidad que no le permite comer y los trapicheos que le proporcionan lo suficiente para ir tirando unos días. Cuando eso no ocurre, no parece causarle ningún remordimiento ni conflicto interno, el que la mujer de turno que duerme en su cama se vaya al Malecón a jinetear para conseguir algo de dinero. Su sentido de la moral y sus principios son de todo menos convencinales, y seguramente producto de su adaptación a todo lo que le rodea. Muchos lo han comparado con Bukowski. Puede. Pero a Bukowski le falta el sentido del humor habanero, el instinto de supervivencia, sin perder la sonrisa, en medio del desastre. Quizás el mismo que llevó a sobrevir hasta triunfar de nuevo, a la edad en que tendrían que estar jubilados, a los artistas de Buena Vista Social Club. Es impagable ver a Omara Portuondo, a Compay Segundo, a Rubén González, a Ibrahim Ferrer, con el Carnegie Hall rendido a sus pies, sonriendo sin parar, humildes siempre. Impresionantes.

Así que no lo dudéis. En algún momento buscad tiempo para disfrutar de lo que estas dos obras nos evocan, de un mundo donde a los pies de los santos se pone ron, miel y tabaco, y donde los artistas sobrevivien limpiando zapatos.