No me gusta

No me gustan los pistachos, ni las almendras, ni las avellanas, ni las uvas pasas, ni los higos pasos, ni los mazapanes, ni los polvorones, ni los dulces de Navidad. No me gusta el jamón serrano, no me gustan los grelos, no me gusta la “cacheira”, no me gusta el lacón, no me gusta el caldo gallego, no me gusta la carne de los callos, no me gusta la grasilla de las chuletas de cerdo, no me gustan las chuletas de cordero, no me gusta el cordero en sí mismo, no me gusta la ternera, no me gusta el hígado (ni encebollado ni sin encebollar), no me gusta el pollo cocido, no me gusta la carne de buey, ni la de caza, no me gusta el marisco (salvo los langostinos, cigalas, almejas y berberechos), no me gustan los plátanos, ni las manzanas (salvo que sean muy ácidas), no me gustan los caquis, no me gustan las naranjas, no me gustan las granadas, no me gustan los “péxegos”, no me gusta el flan de huevo, no me gusta la comida precocinada ni recalentada, no me gusta el pescado hervido, no me gusta la lengua de ternera, no me gustan los riñones, pero soy capaz de comerme un plato de tripas, no me gustan los chorizos caseros, no me gustan los yogures naturales, no me gustan los dulces, no me gustan los anacardos, no me gusta la mantequilla, no me gusta la tortilla poco hecha, no me gusta la morcilla, no me gustan los pepinillos, no me gusta la lechuga si no la lavo yo, no me gusta la comida sin sal, no me gustan las infusiones sin azúcar, no me gustan los toffes, no me gustan los caramelos de anís, no me gustan las filloas con anís, no me gustan los pimientos de Padrón (ni que piquen, ni que no), no me gusta la carne asada, no me gusta la carne poco hecha, no me gusta el Cola-Cao sin azúcar, no me gusta la manzanilla (porque me hace vomitar), no me gustan las croquetas ni las anillas de calamar si no son hechas en casa, no me gustan las nabizas, no me gusta el vino, no me gusta la cerveza… no me gusta que me pregunten: ¿cómo no te puede gustar eso?.

Será que soy rara?

Promesa de futuro

El despertador no ha sonado. No hace falta. Es fin de semana. Fuera llueve. El agua golpea los cristales con furia, repiqueteando, creando una curiosa banda sonora para empezar el día. Al girarme a la derecha el edredón nórdico ruge. Abro los ojos despacio. Duermes a mi lado, respirando pesadamente, con una media sonrisa dibujada en los labios. Paseo mi dedo índice por la línea de tu nariz hasta llegar a tu boca. Te beso. Despiertas y sonríes.

2.0

A lo largo de este último año, y sobre todo de los últimos meses, he descubierto el significado del 2.0 como nunca lo había pensado. Después de haberme paseado por el averno del mundo de los sentimientos, he conseguido salir a flote, y respirar, libre de químicas y de cargas que gracias a gente inesperada he conseguido superar antes de lo que me imaginé.

Hoy, desde este blog, vuelvo a la vieja costumbre de escribir, esa costumbre que he ido abandonando y retomando por temporadas, esta vez con la idea que sea definitivo y ya no la abandone más. Al contrario de muchos de los poetas y escritores que pueblan este mundo, a mí los momentos de crisis me arrebatan todo atisbo de creatividad, para dejarme sumida en la más absoluta falta de inventiva.  Los momentos de paz son los que más me han empujado a escribir. Y por eso, hoy toma vida este sitio.

“Más es la bulla” es una frase de “El amor en los tiempos del cólera”, la mejor historia de amor jamás contada, un libro que desprende optimismo en todas sus páginas. Cuando una de sus protagonistas vuelve al Caribe después de un viaje por Europa y alguien le pregunta qué le ha parecido el viejo continente, ella contesta: “Más es la bulla”.

A veces, cosas que nos parecen sumamente importantes no lo son, o no tanto como parecen. De ahí el título de este blog. No todo en este vida es tan malo como parece. Quizás a veces, tampoco es tan bueno como creemos. Lo importante, seguramente, sea seguir viviendo cada día y mirar hacia delante.